“Unos Cuantos Cuentos”

Manifestaciones artísticas basadas en las memorias y vivencias de gentes populares, narradas a Adania Quintero.

Presentación

A menudo me pregunto cual ha sido la experiencia, vivencia, hecho o suceso más gratificante que he tenido a lo largo de mi vida. La respuesta es difícil, porque cada hora pasada me ha brindado su propia recompensa y satisfacción, sin embargo, una de esas experiencias felices ha sido la elaboración de esta investigación. Pero justo será que, cuente a los lectores cuándo y en qué circunstancias de mi vida decidí realizar la presente antología literaria… … A principios del presente semestre se me pidió que, investigara sobre cualquier manifestación artística presente en el estado Mérida. Me decidí por la literatura, pero no cualquier tipo de literatura, sino por aquella literatura oral de carácter popular y tradicional. Fue, entonces, cuando resolví llevar a cabo esta antología y así, a lo largo de estos últimos meses, he realizado numerosos viajes en busca de gentes de campo, aldeas y caseríos donde pudiese encontrar aquellos relatos inéditos que son el resultado de una imaginación sin límites y de la nostálgica memoria de viejos, que hacen perennes las historias del ayer a través de unos cuantos cuentos. En todo caso – y con esto concluyo la presentación – debo decir que, lo que tienen entre sus manos, se trata de una antología de la literatura oral merideña, es decir, una colección y selección de relatos orales inéditos transmitidos de generación en generación y aprendidos por medios no académicos, pero que a pesar de su carácter popular y tradicional, poseen en sí mismos ciertas características y cualidades literarias que los hacen ser claras y verdaderas manifestaciones artísticas.

Advertencias al lector

1._ La literatura oral que contiene la antología es netamente merideña, específicamente de la zona baja del páramo y para ser más exactos de las zonas: Mucunután, Mucurubá y el Pedregal.

2._ La antología pretende cumplir los siguientes objetivos: Adaptar la oralidad a la escritura, restituir la memoria colectiva, plasmar la belleza de la literatura oral a través de la palabra escrita, reafirmar los valores estéticos y artísticos de la literatura oral merideña y por último perpetuar y atemporalizar dichos relatos a la Historia del Arte.

3._ Se han respetado aquellas palabras empleadas con pronunciación peculiar por los narradores (ái, hueliendo, naiden, carecita, aguaitar, por ejemplo).

4._ Deliberadamente se intentó mantener la estructura original de tipo coloquial, sin embargo, los cuentos narrados se tratan de textos con estructura de Monólogos.

5._ La antología recopila diez (10) relatos literarios de carácter oral que fueron llevados a la palabra escrita, dichos relatos a su vez se dividen en tres (3) capítulos o secciones. Para dicha división se tomó en cuanta y en consideración el cambio de narrador, cada narrador tiene para sí un capitulo único, por tal se tratan de tres (3) narradores.

6._ Se realizó un preámbulo, que pretende ser un análisis estético, a cada uno de los capítulos, buscando el enriquecimiento de los mismos.

7._ Los títulos y nombres dados a los capítulos y cuentos, fueron fijados deliberadamente por parte del compilador, los oradores en ningún momento nombraron o titularon sus narraciones.

8._ Cabe aclarar, finalmente, que no se ha contado con ninguna subvención financiera para hacer este trabajo; que así como cada uno de los narradores puso de sí incontables horas quitadas a su trabajo y descanso sin esperar retribución alguna, el compilador aportó también las suyas, más los gastos en material de audio. No hay, pues atadura ni compromiso previo con persona alguna o institución alguna.

Introducción general

La literatura oral como manifestación artística ha existido, desde el mismo momento en que se desarrolló la palabra, es decir, el lenguaje. Sin embargo, a pesar que esta forma de arte ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad, hoy en día es casi desconocida, pues la mayoría de las culturas conocen la escritura y tienen experiencia de sus efectos, por lo tanto, es claro que la literatura oral como manifestación artística no posee un carácter de permanencia, puesto que la misma necesita de la palabra y de la memoria colectiva, ambos elementos efímeros, para sobrevivir y en un mundo que tiende cada vez más a la globalización y a la estandarización, esta manifestación artística se olvida en el tiempo. Por tal, se debe necesariamente retomar y revitalizar a la literatura oral, subordinada durante años al prejuicio y a la ignorancia, para así poder liberar al arte de sus ataduras y limitaciones clásicas que hasta hace poco excluían a la expresión popular de las manifestaciones artísticas.

A pesar de que la literatura oral como manifestación artística ha existido desde épocas inmemorables con el devenir del tiempo ha sido de alguna forma relegada al olvido; solamente en los últimos años se ha producido un renacer del interés en la literatura oral, como objeto de estudio en la Historia del Arte. Así, la naturaleza de este trabajo si bien no resulta novedosa, tampoco es recurrente, por tal es escaso, aunque no inexistente, lo que se sabe y se ha escrito sobre el tema. El interés por la literatura oral, como manifestación artística, y la preocupación por la tradición oral merideña, promovieron la recopilación y escogencia de ciertos relatos que se encontraran a lo largo del presente trabajo, el cual es el fruto de pesquisas a lo largo de la geografía regional, la finalidad es dar a conocer la palabra, el pensamiento y la creación artística de hombres y mujeres del pasado, buscando traerlos al presente y consagrarlos al futuro. Para poder llevar a cabo este trabajo se han realizado numerosos viajes a ciertas regiones del campo merideño, con el propósito de ubicar a los narradores naturales y de paso recoger los diversos relatos que brotan de sus experiencias y relaciones.

Lo que el lector está próximo a disfrutar, a continuación, es una suerte de antología de la literatura oral merideña, puesto que a través de las páginas que siguen, se ha permitido consagrar a la atemporalidad todos aquellos relatos orales que por su belleza pueden ser considerados obras de arte.

Capítulo I

“Aquel hombre y sus vivencias”

Lo que al principio fue un intercambio formal de relatos y anécdotas, se convirtió después en una tarea. Don Isidro sistematizó sus recuerdos y organizó sus narraciones con periodicidad y siguiendo un devenir más o menos cronológico, y yo luego los grabé y traslade al texto escrito; no es oportuno anticipar aquí los hilos conductores de la historia – o sea de la vida misma de don Isidro – para no quebrar el encanto de descubrir e interpretar su paulatina y formidable narración, pues es éste encanto efímero en sí, lo que le da a los relatos de dicho hombre un carácter artístico y estético. En pocas oportunidades tiene uno la posibilidad de recrear casi un siglo del acontecer rural andino, a través de unos cuantos cuentos que salen de la boca de un personaje común, del acontecer cotidiano de la Mérida de principios del siglo pasado. La idea es poder reflexionar, ojalá que autocríticamente, sobre la existencia humana y las inéditas manifestaciones artísticas que concurren y son palpables en ésta existencia y que muchas veces no son tomadas en cuenta por la gente, aunque se traten de auténticas obras de arte. De estas narraciones brota una verdadera concepción del mundo y de la vida, tan campesina como venezolana, pero sobre todo tan artística, que mucho escasea en el vertiginoso suceder del tiempo presente… No me corresponde hacer referencia a la ubicación de éstas historias de vida en el contexto global de la literatura popular merideña, pues mi primordial interés es demostrar que existe un carácter estético y artístico en cada uno de los relatos narrados, pero repasando uno de los esquemas clásicos de contenido, resulta significativo comprobar que las memorias y vivencias de don Isidro incluyen una gama muy variada de modalidades literarias: Coloquios y diálogos, proverbios y refranes, tradiciones y oraciones religiosas, todas a su vez, formando una gran mescolanza dentro de lo que será el monólogo de éste hombre.

Una travesía paramera junto a papá

Mi papá siempre trabajó en esta zona. El a lo único que salía era a vender chimó, él hacía el chimocito y se iba a venderlo a Mucurubá y a Mucuchíes y yo siempre lo acompañaba. Eso pasó cuando yo estaba muchacho, en uno de ésos viajes nos agarró una nevazón por aí en el páramo de las cruces. Que ése es un páramo muy lóbrego; pasa uno todito el día y no consigue una casita donde ampararse. Esa vez nos agarró un torrencial de agua ¡ay Dios mío! Y yo y mi papá solitos con una mula y una carga en la mula. Y ese torrencial de agua y esa tronazón, que parecía que se nos venían esos cerros encima cuando reventaban los truenos. Yo quedaba encandilado de los relámpagos que hacían. Y llegamos a un punto que se llama las Dos Quebradas. En las Dos Quebradas iba yo casi emparamado. Mi papá llevaba una media botellita de aguardiente en una marusa, la fue a sacar para tomarse un traguito de miche para ver si se le quitaba el frío, pero iba tan emparamado, que dígame, fue a desatar la carga y apenas que podía mover las manos – ¡Tiesas, tiesas las manos, que no podía enderezar los dedos! – De modo que no pudo sacar el traguito. Entonces yo dije: – “Le voy a dar a papá la arepa que mamá me hizo de avío”-. Fui a sacar la arepa del bolsillo: – apenas podía meter la mano al bolsillo- pero no podía sacar el bojote. -¡Emparamado completamente ya!- Y esa tronazón, y ese palo de agua, y la mula cansada que apenas raboteaba y pegaba unos gruznidos. -¡Con una carga de cien cuentas de chimó encima!- Y esa mula cansada en aquel sitio tan lóbrego, con unos lagunones, y al falló oí a papá pegarle unos gritos a la Virgen del Carmen: -¡Que nos ayudara, que nos favoreciera, que nos sacara con bien!- Y esos truenos sobre yo y entonces como yo era un muchacho me senté a llorar, pues pensé que yo y papá nos íbamos a morir. Pues mire, fue como una mano de Dios. Cuando acordamos siguió la mula. Siguió esa mula de ahí pa’ arriba, de ahí pa’ allá, que es una travesía – porque ái uno vuelve a subir otra cuesta que es el Alto de los Totumos -, y esa mula dándole a ese camino y nosotros atrás. A lo que yo ya pude caminar ligero, como que fui cogiendo valor y fuerza y calorcito, hasta que salimos más alante de los Totumos. Ya de ahí para abajo es puro bajando y bajando. Mire, nos costaba para alcanzar la mula. Esa mula caminando iba alentada y nosotros atrás y esa mula alante. Cuando llegamos a las Tapias íbamos ensopaditos; que el sobrero lo sacudía cuando me pesaba y parecía sal aquellos terronotes grandes de nieve encima del sobrero. -¡Ay Dios mío!- la cobija también iba blanca de nieve, la sacudía y volaba, pero a los dos minutos de estar caminando ya volvía a ir llena otra vez. Con ese granizal que nos iba cayendo. Uno en los viajes por esos páramos sufre muchísimo. A conforme tiene ratos de regocijo – porque eso es lindo, es lindo, ese frailejonal y esos picachones, pero en tiempo de verano-. -¡En tiempo de invierno es serio!- Que si ésa nevazón nos hubiera durado siquiera media hora más, nos morimos en ese páramo. Si se deja ir uno por donde las bestias van pisando, es un solo pan de nieve, pisan las bestias y brinca un tejón de nieve pa´ aquí y otro pa´abajo. Y el camino no se ve. Únicamente que la bestia tiene mucho olfato y hueliendo, hueliendo, se deja ir y sabe por donde va el camino. Pero el camino no se ve. Se encandila uno, le pega mucho a la vista. Yo me cansaba de limpiarme los ojos y veía aquello que brillaba alante: -¡Un solo pan de nieve!- -¡Ay Dios mío, que uno sufre mucho en la vida!- La vida de nosotros los pobres es una historia. Es una historia para poder medio vivir. Se viene colmando de puras calamidades, y también de felicidades, y si uno no lo hace así, – ¡Pues no vive!-.

La muerte de papá

Murió papá y yo tenía por ái dieciséis o dieciocho años. Papá murió de repente y yo me fui para el pueblo, para Tabay, sin un centavo. En ese tiempo casi toda la gente vivíamos muy pobres -¡Muy pobres!- Me fui yo al pueblo sin un centavo y llorando, porque ya papá no estaba, ni volvería a estar más nunca, más nunca podría acompañarlo a los viajes de vender chimó, más nunca me convidaría de las paledonias que compraba en Mérida, pa´ mi y mis hermanos, más nunca me daría su bendición. Mi papá murió de repente, él sufría del corazón. Y así nos lo había anunciado un médico muy bueno que nos atendió a nosotros cuando la fiebre del tifus, después que ya nos paró a nosotros nos dijo: – “Bueno, ya ustedes no se mueren d´ esto; ahora esperen el golpecito del don”-, que era mi papá, que se llamaba Resurrección. -“Se los voy a alvertir desde ahora: él sufre de una novedad en el corazón, él tiene aneurisma, eso es una bolsita de sangre que tiene pegada al corazón” – médico bueno era ése – “Y cuando esa bolsita le reviente él va a quedar quietito en el sitio”-. Esa noche que murió papá resulta que había – me acuerdo muy bien – frito de cochino y cuajada, entonces nos puso la cena mamá, yo siempre comía sentaito al lado d´ él, a su derecha, porque él siempre me convidaba bocado y yo era muy contemplado d´ él. Entonces le dice mamá: – “Resurrección, usté tiene con el puro frito de cochino o come cuajada”-. “Ah, dame cuajada también francisca, porque yo que me muero esta noche y no como cuajada” – dijo papá-. Entonces fue mamá y puso una cuajada en la mitad de la mesa; comió el bien y como siempre después de comer la ración se puso a conversar con nosotros y a echarnos chistes. Ya se llegó la hora de irnos a acostar; él dormía en la sala porque estaba recién blanqueada la casa. Al otro día por la mañana se levantó mamá, pues papá siempre acostumbraba a que ella le llevara un pocillo de café a la cama y un jarrito de agua para que se lavara la boca. Fue mamá lo llamó y le dijo: -“Resurrección, dispierte pa´ que se tome el cafecito”- lo llamó y nada, entonces fue y lo jaló por un brazo, lo volvió a llamar, pero ya estaba frío… Se había acostado boca arriba, con las dos piernas aguantadas juntas y conforme se acostó así amaneció; ni abrió los brazos ni desmontó las piernas. Esa muerte fue muy triste para nosotros, papá tenía cincuenta años, era grandote, bigotudo y muy amoroso pa´ con uno. Papá nos dejó una tierrita, aquella yo ya la trabajaba con él estando vivo, él la había instalado y cultivado siempre, pero en eso murió de repente, quedé yo sólo habiendo once en la casa, viendo de toda esa familionon yo solito con el peso de la casa, pues a los poquitos meses murió mi hermano mayor de una fiebre, murió de veintinueve años. Otra penalidad pa´mi, fue otro golpe muy grande y yo muchacho todavía. Así que me tocó ponerme a trabajar como se trabaja, sembraba maíz y caraotas, de la montañona oscura pa acá. Me iba yo por ái lo más tarde a las siete de la mañana, yo solito, con una escardilla y a las seis y media de la tarde iba mamá a buscarme, porque ya se llegaba la noche y yo no aparecía por la casa. Pasaba los días enteros sembrando maíz y fríjol, yo solito con Dios y la Virgen. Y me protegió Dios a lo largo de esos días, de esos años, de esos tiempos tan difíciles y me hizo hombre y aprendí a ser hombre sin un papá que me enseñará.

Así fue como aprendí a leer

Papá era pobre y no tenía cómo pagar la escuela pa´mi y mis hermanos, porque en ese tiempo, hará por ái unos sesenta años, en ese tiempo los papás del alumno pagaban al maestro. Como que le pagaban cuatro bolívares por mes al maestro, por mi casa había una escuelita y el maestro se llamaba Saturnino Zambrano. Papá se la pasaba en el trabajo y viajandito para Mucurubá y no le alcanzaba lo poco que hacía para pagar. – Pero fue más fuerte la ambición mía de aprender-. Mi hermano, el finado Cruz, que era unos diez años mayor y murió de veintinueve, sí había estado en una escuela y había aprendido a leer. Mi hermano se ponía a leer y a copiar un libro, y yo me ponía por detrás, a ponerle cuidado a lo que él leía en el libro. Yo por el hombro d´ el, fijándome. Hasta que fui como reflexionando algo de las letras. Entonces me buscaron un librito que se llamaba Mantilla – recuerdo yo – y que me pusiera yo a mirar las letras,- porque nadie me leía nada- pues nadie de la casa sabía leer a parte de mi hermano, pero el siempre estaba muy ocupado arando y ordeñando. Me iba yo a un ranchito de paja adonde de noche iban algunos de los muchachos a tomar miche a escondidas. Yo me iba pa´ allá y me ponía a darle a ese librito, – ¡Dios Mío!- a fijarme y a batallar con las letras, hasta que fui pudiendo reunir las letras y hablar algo ya con las letras. Y aprendí a leer algo allí. Ahora usted me dirá: yo con aquellos deseos de escribir. Mi hermano el finado cruz tenía un padrino que se llamaba Juan Bautista Parra y de casualidad vivía aquí mismo, bien cerca de la casa de ahora. El quería mucho a su ahijado, que era mi hermano y entonces le dio un método de escribir. Cuando el finado cruz dejaba de practicarlo, iba yo y cogía el método y me ponía a batallar a ver si podía conocer la letra de carta… – ¡Y nada, no podía de ninguna suerte!- Entonces me compré un lápiz, compre el lápiz y me llevaba el método para el ranchito, todos los días, cada vez que podía y me ponía a remedar las letras en otro papel, a que me salieran algo asimiladas. Y batallé, batallé hasta que pude poner el nombre mío – ¡Ay mire!- después que pude hacerlo, entonces empecé a poner el nombre de todo el que me acordaba. Los de casa primero: fui poniendo la firma de cada uno de los de la casa, fea me salía – ¡Yo contento Dios mío, porque ya sabía yo escribir!- Iba y le preguntaba al finado Cruz que aguaitase lo que yo había escrito, si servía y estaba bien. Pues si, con muchos errores, pero si hablaba algo. En ese plano me deje ir, dándole y dándole, papel y papel, yo compraba papel y desperdiciaba papel, yo compraba lápiz y desperdiciaba lápiz, hasta que fui aprendiendo y aprendiendo… De ese modo yo aprendí a escribir y a leer y firmas mías las hay adonde quiera; las hay en Torondoy, en Piñango, en Mérida, en Mucuchíes y aquí en Mucunután. Y gracias a Dios naiden nunca me ha rechazado mi firma, pues hasta bonita me sale.

Mi nono Juan y cómo se murió

Fue junto a una casa vieja – aquí entre Mucunután y Apartaderos- que lo mataron a mi nono Juan, – el padre de mi papá-. Mi abuelo comerciaba con una mula: vendía alpargatas y sombreros y chimocito que yo le ayudaba a hacer junto a papá. Primero y que le salieron tres, él cargaba un palo y se los pudo quitar a los tres, hasta que el garrote se le partió nomás, el resto se lo habían quitado los demás a fuerza de machete. Pero él era un jugador de palo, así que le tiraban el machetazo y él les metía el garrote, hasta que los derrumbó a todos. Entonces, – al otro viaje- lo esperaban cinco. Eran por ái como las nueve de la noche y le salieron a piedras. Yo supongo que el camino vendría por la pata de algún morro, porque había un cercado de piedras, y cuando él iba pasando por debajo, despreocupado de lo que le iba a suceder, le descargaron el montón de piedras encima; le descargaron piedras grandes y pequeñas, y lo mataron. A los años siendo yo ya hombre, conocí yo a uno de ellos, uno de los que lo mató;- lo conocí en el Zamuro- un bar que existía yendo pa Torondoy. Se llamaba Mario; un hombre que daba hasta miedo mirarlo. – ¡Malastroso mire él!- Ya en ese tiempo un viejorrón sumamente feo…- fue uno de los que mató a mi nono-. Él contaba que la pandilla de ladrones lloraba de ver la clase de hombre que habían matado.- ¡Un hombre tan Fuerte y buen mozo!- Porque a mi nonito naiden le tocaba el pellejo, el cuerpo de él, ni de un pescozón ni de un machetazo, era una culebra pa quitarse los golpes y a quien le ponía la mano no se quedaba parado. Le mataron a él y a la mula – una mula negra- se fue picando, picando con la carga. Lo habían matado para quitarle la plata y resulta que él en la faltriquera no cargaba sino tres reales. – ¡La plata iba en la carga!- Al otro día en la mañanita llegó la mula a Mucunután. La mula solita. Se dejo ir, se dejó ir con la carga, a buscar la casa. Y allá espera y espera que llegara mi nono… – ¡No apareció nunca!- Entonces fueron a ver que pasaba. Ya tomaron noticia que había un muerto en tal parte. Se fueron a ver: y era él. Eso hará mucho tiempo,- porque yo no me acuerdo mucho- casi ni lo conocí yo a mi nonito. Era el papá de mi papá. No hará menos de sesenta años de su muerte. Era frecuente el bandidaje en esa época, sí como no, salían lo que llamaban salteadores, en éste páramo por aquí solían salir, y por allá donde yo viajaba salían mucho. Yo pasé varias noches a las nueve, las diez, las once de la noche, íngrimo y sólo, arreando dos bestias. Veía nomás los cocuyos y una lucecita pa´ aquí y otra pa´ allí, adonde mataban gente en ese tiempo. Pero cuando yo viajaba ya había aminorado un poco; ya el gobierno le había puesto acato y los ladrones que había por ái los habían agarrado ya. Pero yo siempre pasaba con recelo por ái, y acordándome de lo que le había pasado a mi nonito siempre yo cargaba una peinilla larga, pero esa no la traía en la carga, sino en la mano. Por allá había entonces muchos buitres, ese es un animal grandote, más grande que un pavo y el pico lo tiene engarbado así; parece una navaja chambeta, de las que llaman – “picodeloro”-. Son enormes bichos y bravos, lo persiguen a uno. Cuando ellos están encarnizados – que están comiendo alguna carnaza de algún burro, algún becerro, o lo que sea – y pasa uno cerca, le barajustan y en cada punta del ala tienen una espuela así de larga como un dedo índice, un estacón. Pasa por ái uno y le pegan ese cuerazo y al que se deje cuerear lo ensartan con las dos estaconas. Pero son escasos, no son muy abundantes esos casos, a mi nono le pasó en uno de sus viajes lo ensarto uno de esos buitres y le rompió el brazo, pero mi abuelo como eran un hombre muy recio con la misma le dio un garrotazo y lo mató dejándolo en el sitio. – ¡Mi nono si que era un hombre de armas tomar, un verdadero hombre de esos que son difíciles de encontrar, lástima que lo mataron y no pude conocerlo mejor en esta vida, a lo mejor y en otra me lo encuentre!-

Capítulo II

“Una mujer, un amor y un recuerdo”

La señora Carmencita Ruiz; sin dejar de pensar activa y creadoramente sobre sí misma y su mundo, hizo una opción particular de vida: aferrarse al recuerdo de su pasado; llegó así a ser uno de los personajes notables entre los habitantes de El Pedregal, estado Mérida. Es una mujer que relata pacientemente, a quien quiera escucharla, la historia de su vida, a la espera de tiempos mejores ella sigue aguardando tolerante, como cabe a los monumentos vivientes de tenacidad y rectitud. Me resulta casi imposible concebir la solitaria vida que tuvo esta mujer, haya sido coetánea o no a sucesos impactantes de la historia venezolana, nunca la rozaron, nunca se entero, pues se quedo al margen de todo, sola, ella y su recuerdo. Sin embargo, a pesar de lo triste que pueda parecer su vida ella la ha vivido de la mejor manera posible, su pasado y la evocación del mismo diariamente la llenan de vida y alegría. Lo admirable del caso – pero no sorprendente tras leer y escuchar las narraciones de doña Carmencita y llegar a conocerla – es que en ninguno de sus relatos hay una sola queja ni una insinuada frustración, claro está, sus palabras están llenas de inmensurable melancolía y añoranza. Queda por parte de cada lector, sacar al margen de estas páginas, sus propias conclusiones, así como el darse cuenta o no del gran valor artístico y estético de estas narraciones, pues a mi modo de ver, un relato que detiene el tiempo, saliéndose del devenir y sacándonos a nosotros del mismo, al menos por un momento que puede llegar a ser eterno, un relato, que afecta nuestros sentidos sin explicación alguna y que en nuestra mente se consagra a la atemporalidad, tiene que ser sin lugar a dudas una verdadera obra de arte.

El amor de mi vida

Cuando yo nací aquí mismo en el Pedregal, la partera que atendió a mi mamá se asombró, pues tan bonita yo era que así mismito dijo que y que yo parecía un angelito, todo el mundo tenía que ver conmigo y después cuando me hice muchacha y me vino el desarrollo mire que más de lo bonita que me puse, pero usté pensará que eso es algo muy bueno y mas yo le digo que no, que esa bonitura mía lo que me trajo en la vida fue purito dolor y sufrimiento. Muchos hombres me pretendían y casi todos hablaban con mi papá pues querían ser maridos míos, pero mire que mi historia es muy triste, tantos hombres pude yo tener y no tuve al que quería… Tendría yo quince años cuando conocí a Felipe – lo conocí en el mercado y pues me enamoré ahí mismito que lo vi – es que Felipe si que era un hombre guapetón, altote, de ojos claros y además de buen corazón y buena gente, pero tenía un defecto pa´mi familia y es que él era poeta – si así mismito como oye usted – poeta, y fue esa su pasión la que nos impidió estar juntos en la vida, de querer nos quisimos y hasta mi muerte yo lo seguiré queriendo. Cuando Felipe me vio por primera vez se echó a reír, pues el ya era un hombre hecho y derecho y yo apenas una muchacha que lo miraba con la boca abierta ese día en el mercado, cuando me vio compró una flor y me la regaló, aún tengo la flor junto a los poemas que me escribió, después nos volvimos a ver en la iglesia, un domingo, él no era de aquí el venía de la capital. Poco a poco nos seguimos viendo por casualidades de la vida y terminamos conociéndonos y rapidito que nos enamoramos, eso fue así como dicen por ái amor a primera vista. Felipe fue, es, y seguirá siendo mi primer y único amor. Yo me enamoré desde que lo vi esa vez en el mercado, él y yo nos veíamos a escondidas – por allá en el campo – porque mi papá no lo aceptaba, pues lo creía un vago y es que él no era un hombre como los de aquí, él no trabajaba cultivando la tierra ni arreando ganado, él era un hombre fino y estudiado, él sabía mucho y leía bastante y como yo no sabía leer él me enseñó. Mi papá nunca entendió, nunca lo acepto pa´ papá Felipe no era un verdadero hombre, sino un mamarracho como le decía. Pero pa´mi señorita, pa´ mi era la vida misma. Felipe se fue un Diciembre, me dijo que volvería mas nunca volvió y si le soy sincera todavía lo sigo esperando y es que él me dijo que lo esperará. Al poco tiempo de su partida mi papá me hizo casar con Don Manuel, un hombre viejo y hacendado de buen corazón, pero al que nunca quise. Cuando Don Manuel habló conmigo y me dijo que yo sería su esposa y que ya todo estaba arreglado, pues me eche a llorar y le hable claro y le dije: – Don Manuel yo a usted no lo quiero y nunca lo podré querer y el casamiento es en contra de mi voluntad, pues yo no quiero.- Don Manuel me miró a los ojos y me dijo: – No importa carmencita, no importa que usted no me quiera, usted se casa conmigo y el amor viene después, pues el amor es lo que menos importa en un casamiento- yo me quede sin palabras y más lágrimas bote. Y así fue como me casé, pero el amor nunca llegó. A los dos años de estar casada con Don Manuel, se murió y me dejó viuda, yo apenas tenía dieciocho años en ese entonces y no sabía nada de la vida. Ahora tengo setenta y siete años y lo único que se es que, cuando una mujer se enamora de verdad es para siempre. Más nunca volví a ver a Felipe, más nunca volví a saber siquiera de él, jamás me volví a casar aunque pretendientes no me faltaron y jamás tuve hijos, pues no me volví a enamorar. Me quede esperando a Felipe y a estas alturas de mi vida no sé si hice bien o mal – pues nunca volvió- pero de algo si estoy segura, si yo volviera a nacer y me tocara volver a vivir mi vida, lo volvería a esperar a él , a Felipe. Mire usted, el amor es algo muy bonito y muy común, pero muy difícil de encontrar, muy pocos lo consiguen y muy pocos lo conservan, otros tantos como yo lo encontramos y lo perdemos, pero con todo y ese sufrimiento que causa el amor, el estar enamorado es lo más bonito que puede haber – y eso no tiene que ver con lo bonito que sea uno físicamente- , pues ya ve usted como yo siendo tan buena moza en mis tiempos no pude vivir el amor, sin embargo al menos tuve la dicha de conocerlo, pues hay gente que se muere sin siquiera haberlo visto una vez y si no pude estar con mi Felipe, seria porque Dios así no lo quiso, y bueno como dicen por ái los verdaderos amores son aquellos que nunca se logran.

Mamaíta

Mi vida ha sido una vida de soledad y tristezas, siempre estuve triste por ese amor que se fue y nunca volvió, pero a pesar de eso tuve mis momentos bonitos y que aún guardo en el recuerdo y vera usted que casi todos esos recuerditos son de mi mamaíta. Mi mamaíta era una mujer muy buena y tan bonita ella, se llamaba Luisa, tuvo siete hijos, tres se le murieron y una se le perdió y no la encontró jamás. Mamaíta era alta, más alta que papá, pero se movía con una gracia tan reposada que su tamañote no llamaba la atención, de piel blanquísima, de cabello rubio y largo, siempre se lo recogía a modo de nudo sobre la nuca, su carecita tan bella como la de una muñeca, su voz era suavecita y dulzona y no la alzaba jamás ni pa´ ordenar ni pa´ regañar y asi mismito todos le obedecíamos, mientras los gritos de papá naiden los tomaba en cuenta. Mamaíta siempre fue la misma, con su voz suave y dulce y sus modales siempre serenos – no acierto a acordarme de mamaíta sin una labor en sus manos-. Desde muchacha pa´ mi la hora del rezo fue el momento en que más adoración sentía yo por mamaíta – ¡Jamás olvidare aquel momento ni aquellas horas!- Aún la veo claritica con sus ojos cerrados y la boca moviéndose en una oración muda, yo hasta la confundía de niñita con Nuestra Señora, la virgen María. Mamaíta siempre fue fresquita como una lechuga – hasta que nos atacó la fiebre a mi hermana y a mi- pues tanto nos cuido que luego cayó ella enferma y ya en seguida no hubo nada que hacer, todo fue muy rápido y ni siquiera aquel buen doctor de la capital pudo hacer la menor cosa. Mamaíta cuando se moría no se daba cuenta de nada, – yo hablaba y la llamaba- pero ella no conocía ya a naiden, ni siquiera a mi, ella creía que era otra vez una criatura y que estaba otra vez en Mucuchíes de donde ella era. No llamó a naiden por su nombre, sólo se quedo dormidita y nunca más despertó. Así que más nunca pude descansar como una niñita segura entre las naguas de mi mamá, en la protección de mamaíta, entonces no me quedó ya naiden con quien desahogar y descargar los pesares que me aguardaban en la vida, pues mi papá era un viejo muy duro al que nunca vi siquiera reírse, mamaíta era todo lo que yo tenía y la perdí cuando yo sólo contaba con doce años, antes había perdido a mi hermana, luego perdí a Felipe y después a mi marido, me quede sin nadita en la vida, así que ya no volví a perder nada, pues nada tenía.

La nombraban Paulina

Ella era una mujer hermosa – pero tuvo mala suerte – cuentan que cuando aún era una niñita se le murieron sus papás y según que la crío una tía lejana que era solterona y amargada y que a más colmo no la quería – la tía la crío porque no le toco de otra- y pues lo hizo de muy mala gana. Así dicen, entonces, que creció ella entre malos tratos y tristezas, cuando ya estuvo criada, medio grandecita se fue de la casa de su tía y más nunca regreso- la vieja se murió sola por mala gente -. Por mucho tiempo no se supo de ella, naiden daba razón de la muchacha- cuando regreso ya era una mujer y muy bonita por cierto, y yo en ese tiempo solo una niña.- Dicen que a ella la pobreza la había convertido en eso que llaman por ái una mujer de la mala vida-. Tenía el pelo rojo y ensortijado, los ojos verdes y se la pasaba con unas ropas muy llamativas; las malas lenguas decían que y que pa´ incitar a los hombres, yo una vez teniendo por ái como cinco años me la encontré en la calle, iba yo camino a casa de doña Hortensia haciéndole un mandado a mamá, cuando la vi, andaba por la calle principal, la mujer me sonrío y yo eche a correr, porque si papá me veía hablar con ella me pelaba – mi papá era un hombre muy jodido y uno tenía que andar derechitico con él-. En ese momentito que la vi andando por la calle principal supe yo que no era una mujer mala como decían, yo no sé que sería lo que hacía con los hombres, pero su espíritu parecía ser bueno. La nombraban Paulina- nunca supe su apellido a lo mejor ni tendría la pobrecita- todos los domingos iba a misa, pero se sentaba lejos de la gente y siempre llevaba una mantilla negra con la que se tapaba la cara pa´que no la reconocieran, mas igualito todo el mundo sabía que era ella, – si no hubiese sido por su pelo rojo – que decían que no era natural, pues usted sabe que en ese tiempo estaba muy mal visto que una mujer se pintara el pelo, eso no era como ahora que las mujeres se cambian el color del pelo como cambiase la ropa, si no hubiese sido por eso ella se viera visto como una mujer corriente y hasta capaz la hubieran aceptado aquí en el pueblo. Yo siempre creí que las mujeres le tenían envidia por lo bonita, pues cuando iban por la calle apuraban el paso y si Paulina iba por la misma acera, rapiditico que las mujeres se cruzaban y empezaban a cuchichear, – una vez yo la vi llorar a ella- a Paulina, ella no podía ser mala, pues la gente mala no llora yo mismita sin conocerla hasta la llegué a querer y todo – o a lo mejor sería porque yo era una niñita en ese tiempo y pues uno de muchachito quiere a todo el mundo- pues no tiene maldad en su corazón. Paulina se fue igualitico como llegó un día sin aviso, naiden se dio cuenta, naiden la extraño, naiden excepto yo que todavía me acuerdo de ella y de su pelo rojo y – bueno tal vez los hombres también la extrañaron – no sé. Ojalá y haya podido ser feliz, pues parecía que no lo era, ella siempre andaba con la carecita triste y con la mirada pérdida. Al pasar de los años y al hacerme vieja yo pude entender que no es bueno andar juzgando a la gente por lo que parece ser – así lo sea- sea o no sea lo que dicen que es, pues la verdad es que el corazón de la gente no se ve así nomás, eso es algo muy entruncado y pa´ poder aguaitar los sentimientos no basta con mirar a la gente por fuerita, mas hay que conocerla por adentro.

La hermana que perdí

María Eugenia era mi hermana menor, – la hija de mamá que se perdió – eso fue de mucha tristeza para nosotros, ella y yo éramos muy apegadas, dormíamos en un mismo cuarto y ella acostumbraba a pasarse a mi catre porque no le gustaba estar sola, pues y que le daba miedo. María era la más bonita de las tres, blanquitica como un suspiro, de ojazos negros y el pelo como el de mamaíta, era ella la que más se parecía a mamá, tal vez por eso es que era tan bonitica. A maría le gustaba sentarse sobre las piernas de cualquiera, era de lo más cariñosa y sangre liviana, no había gente que no la quisiera, no había naiden en el pueblo que no la conociera, a donde quieritica que iba era querida y pues ella también quería, – sí ella era muy querendona – siempre haciendo reír a la gente, siempre dando alegría a donde fuera, yo a veces pensaba que ella era un angelito del señor que se había venido sin permiso del cielo y por eso mismito yo presentía que no estaría mucho tiempo a nuestro lado. María simplemente no nos pertenecía, – ella no pertenecía aquí – pues era demasiado buena para este mundo tan maluco y llenito de maldad. Fue un once de Abril, – eso nunca se me olvida – cuando María desapareció, era de tarde y ella había estado todo el día afuera jugando con los perros, mamaíta estaba ocupada y mi otra hermana y yo estábamos ayudando a mamaíta, cuando salimos ella ya no estaba, la buscamos en la casa, en el patio, en el potrero, pero no estaba en ningunitica parte, naiden supo dar razón de ella, todo el pueblo la busco, pero naiden la encontró – hasta en Mérida la buscamos- pero no la encontramos ni rastros de María y la pobre mamaíta como sufrió y todo lo que lloró, – jamás se pudo recuperar mi mamaíta-. De maría Eugenia sólo nos quedó una foto, un mechón de su pelo claro y su recuerdo, – pues todito lo demás se fue con ella – se llevó la alegría, la risa y la paz, ella era como una florecita de esas que amanecen tempranito en la mañana, pero que a la tarde ya no están. Al tiempo de perdida la dimos por muerta, pues encontraron uno de sus zapaticos en una peña cerca de aquí, jamás apareció su cuerpecito, jamás la encontramos ni viva ni muerta, nunca supimos que fue lo que paso, yo digo que Diosito se la llevo, vino y la busco, – porque era un ángel perdido del cielo-. – ¡Ahí que distinta hubiese sido mi vida si al menos María Eugenia hubiese estado a mi lado!- tal vez, su alegría me hubiese alegrado un poquito el alma.

Capítulo III

“Las memorias de un viejo”

Cuando se recorren los caminos merideños por lo general siempre uno se encuentra con uno que otro personaje particular, este es el caso de Don Nicanor, el cual encontré llegando a Mucurubá. Don Nicanor es el más joven de nuestros tres narradores, pero el más avejentado debido a una vida de duros trabajos y notables reminiscencias del alcohol; con la boca llena de chimó y unas ropas un poco sucias y un tanto diferentes, nos relato sus memorias y recuerdos que muy bienvenidos fueron. En las narraciones y cuentos de este hombre se puede percibir claramente la esencia de la vida campesina, sin embargo, este aspecto está siempre entre líneas – o a modo de comentario al paso- pues lo realmente importante en este caso, es lo impresionante de poder encontrar arte en los sitios y en los momentos más insospechados. Don Nicanor tiene el orgullo de ser un excelente narrador – como el mismo me lo hizo saber – así que he respetado al máximo su tono coloquial al transferirlo a la versión escrita, aún a riesgo de enaltecerla. Los relatos de don Nicanor, expresan en su esencia el contenido extraordinario que refleja la riqueza imaginativa, las relaciones del hombre con su entorno, al igual que la manera de enfrentar los problemas y las formas de resolverlos. Pero llegado a este punto, encuentro que la precisa tarea que me acomete es la de presentar las narraciones de este hombre como un conjunto de manifestaciones de orden artístico y estético, vinculadas a su vez a lo planteado anteriormente.

Las cosas que yo viví

Yo le juro señorita, por lo más sagrado que yo pueda poseer, cual es la memoria de mi santa madre, que a mi me han sucedido cosas muy extrañas durante mi vida, cositas que el tiempo no ha podido borrar con todo y mi edad, cuentos que agorita no me acuerdo, pero que aún tengo aquí guardaos, como las pulgas en el lomo de los perros. Yo tuve muchas historias en mi vida: Una vez dos guardias me retuvieron sujetándome fuertemente por los brazos. Después de forcejea con ellos, me les pude escapar, pero al tratar de huir hacia fuera se me acercó el jefe de los tres con un revolver en la mano y me dijo: – Mire ciudadano, esto no es broma, la cosa es muy en serio. Sabemos que aquí se ocultaron unos reos y usted también está detenido por sospechoso. Vístase para que nos acompañe a la comandancia, – y es que yo estaba en un bar con una de esas señoras de la mala vida – Entonces fui a mi casa a despedirme de mi mujer que estaba durmiendo-. La desperté para decirle que debía salir a llevar a un amigo a su casa y que volvería en una hora, esa fue la última vez que la aguaite, pues de ahí esos guardias me llevaron pa´ la capital, porque quesque yo estaba ocultando unos reos y yo inocente de todo, cuando se dieron cuenta de que yo de verdad si era inocente me soltaron, me estuve vagando por la capital como dos años, haciendo cualquier vainita de aquí pa´ allá y cuando por fin me pude regresar pa´ acá pa´ Mucurubá me consigo con que mi mujer se había ido con un fulano al que nombraban Demetrio, así fue como por una equivocación me quedé sin mujer. En otra ocasión conocí a un Don Miguel y a su familia, ellos eran gentes humildes que vivían de la cosecha de la papa y el ajo, como todos nosotros trabajaban duro de sol a sol para ganarse el sustento, ellos eran buenos y sencillos como toda la gente de por aquí, en ese tiempo había por aquí en el pueblo una mujer muy bonita a la que llamaban Eva, ella era la maestra del pueblo muy hacendosa siempre se le veía, al parecer era de una familia muy rica pero quesque había renunciado a todo pa dedicarse a la enseñanza – yo nunca lo creí – pues la verdad es que yo siempre la veía en un solo trabajo rebuscándose de aquí pa´ allá pa tener con que comer, pues como que daba las clases de gratis, eso es mucho amor a la enseñanza. Yo por mi lado nunca aprendí bien a leer y a escribir y eso no me hace sentir de menos que nadie, pues yo soy de los que siempre piensan que uno debe de estar orgulloso de lo que es, así no sea nada, pues ese es el papel que Dios le puso a uno pa´ venir pa´ acá pal´ mundo y pues hay que tener resignación y yo si soy resignado es que uno debe tener humildad y la humildad es lo que sobra por estos lares.

El loco y el morro de Mucurubá

Aquí mismito enfrente del pueblo, aquí mismo en Mucurubá se levanta un morro muy escarpado. Naiden vive en ese monte ni tampoco está cultivado- está cubierto si por árboles de cínaros, pitas, uvitos y lecheros- allá azota mucho el viento y por eso los árboles crecen con las ramas retorcidas. Ese morro se divisa desde todos los rincones de este valle, – pero aquellos que suban hacia la montaña por el lado norte del pueblo, podrá tener una mejor vista – yo se lo digo porque yo he subido hasta allá, – bien lejote por cierto- Yo digo que toda esta naturaleza, fue hecha por Dios en un momento de mucha concentración, para demostrar su capacidad. En aquellos tiempos de mi abuelo los ríos y quebradas eran limpios, abundaban los peces y las aguas eran clariticas y uno hasta podía mirase los pies, nunca se llegó a secar las quebradas como ahora que se secan a cada nada. Dicen que José Rangel, era un hombre muy pobre de aquí de Mucurubá, de por allá de por los inicios del siglo pasado- en otro tiempo eso- quesque se dedicaba a barrer las calles del pueblo. Que era un poco ido de la cabeza, medio loco según, pues siempre y que andaba riendo, caminaba torcido y hablaba con los demás mediante gritos y señas. Dicen que José era así porque quesque conoció los misterios de ese morro, pero y que no se los pudo contar a nadie, pues quedó mudo con todo lo que y que vio, esto me lo contó a mi abuelo, pues yo todavía en esos tiempos no había nacido mi papá era mozo aún y pues no tenía mujer ni hijos. Cuentan que José era un mozo fuerte, muy querido por todos los vecinos por su trato amable y respetuoso, que nunca tuvo problemas con la gente del lugar, pues pagaba todas sus deudas oportunamente y devolvía los favores recibidos, ni tampoco se le vio involucrado en pleitos de calles o peleas, pues no era dado a los vicios como la bebida o la parranda, – quesque su único vicio era comer chimó-. Dicen que y que todo empezó a cambiar, cuando una mañana se cayó y se dio un totazo por la cabeza, – pero yo digo una cosa – tantos golpes que me he dado yo y míreme buenacito como ve. La cosa con este hombre es porque con todo y que estaba loco se la pasaba y que haciendo unos poemas rebonitos y los gritaba así a todo pulmón por las calles del pueblo, él decía que la inspiración le venía de los misterios de aquel morro– pero yo le digo otra cosa – yo he ido pa´ allá y hasta ahora no me encontrado con ningún misterio de nadita. Bueno la vaina es que ese loco era un poeta, pintaba cuadros, hacía poemas, no tenía donde vivir ni donde comer tampoco, que nunca se le conoció familia y muchos menos descendencia, según que se la pasaba metido en ese morro de allá y que vivía en una cueva, aunque yo nunca he visto cuevas allá, nunca me parió preguntarle al abuelo que había sido de la vida de ese José Rangel, pero como haya sido me hubiese gustado conocer a ese fulano, pues no ha vuelto a ver uno igual, aquí todo el mundo está muy ocupado pa andar pendiente de esas vainas, todo el mundo tiene que trabajar, pero yo creo que la vida no es sólo eso, uno tiene que conocer a todas las clases de gentes, las más que se puedan pa uno ser entendido en lo que es la vida.

Narradores

  • Sr. Isidro Meza Parra, edad: 76 años, Mucunután.

“Una travesía paramera junto a papá”

“La muerte de papá”

“Así fue como aprendí a leer”

“Mi nono Juan y como se murió”

Compilador: Adania Quintero.

  • Sra. Carmencita Alarcón, edad: 77 años, El Pedregal.

“El amor de mi vida”

“Mamaíta”

“La nombraban Paulina”

“La hermana que perdí”

Compilador: Adania Quintero.

  • Sr. Nicanor Gil, Edad: 74 años,  Mucurubá.

“Las cosas que yo viví”

“El loco y el Morro de Mucurubá”

Compilador: Adania Quintero.



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