El objetivo fundamental de este trabajo es el enriquecimiento de nuestro conocimiento acerca de la historia de la literatura merideña  de la época del siglo XX para lograr la construcción de un panorama directo de la literatura merideña. Con este fin hemos organizado nuestra investigación en tres capítulos.

En el primer capítulo titulado paisaje, hombre e historia establecemos tres aspectos con el que conduciremos nuestro estudio con el fin de reconocer las ideas que manejaron los escritores merideños con respecto a su entorno natural y realidad social, además en el sub-capítulo Primera etapa 1900 a 1915 establecemos qué se estaba produciendo en los primeros años del siglo XX, y quienes fueron los autores de las mismas, así encontramos a Gonzalo Picón Febres (1860-1918), Tulio Febres Cordero (1860-1938) y Humberto Tejera (1892-1971).

En el segundo capítulo Segunda etapa 1915-1920 estudiaremos las obras literarias pertinentes sobre la ciudad de Mérida de Mario Briceño Iragorry (1897-1958) y Tulio Gonzalo Salas (1899-1916).

En el tercer capítulo titulado tercera etapa 1920-1940. Entre el cambio y la tradición, se expondrán las obras literarias correspondientes a esta época y sus autores, además de elementos esenciales para su análisis y estudio de acuerdo a los objetivos de esta investigación, en esta sección se escribirá acerca de escritores cómo Mariano Picón Salas (1901-1965), Clara Vivas Briceño (1897-1977) y Antonio Spinetti Dini (1900-1941).

El cuarto y último capítulo llamado cuarta etapa 1940-1950. En vísperas de nuevos expresiones y nuevos talentos, se trata de la producción literaria que ya comienza a mostrar una nueva fase para ello estudiamos a Augusto Rodríguez (1911-¿?), Oswaldo Trejo, Ernesto Jerez Valero (1923-¿?), entre otros.

Paisaje, hombre e historia

Realizar una aproximación histórica a la literatura merideña desplegada entre 1900 y 1950, requiere en primer lugar  establecer un corpus teórico que sirva de base para la interpretación de tan nutrida y profusa producción de obras y escritores; en este sentido. Podemos señalar que tres son los extractos o tópicos en que la producción literaria merideña de esta época apoya sus bases conceptuales: el hombre, la historia y el paisaje. Esta triada de elementos están pensados y concebidos siempre girando en torno al lar que sobrecogió a sus más insignes hijos, Mérida. Sin embargo, este triángulo conceptual se ve añadido por otros elementos que en algunos casos se suman o derivan de éstos a este respecto el politólogo merideño Luis Ricardo Dávila considera que existen además de de la triada mencionada ciertos aspectos que consideran “claves de la merideñida”, en tanto que, se transforma en puntos referenciales de éste territorio y su cultura; así lo establece:

La cultura merideña descansa su particularidad en una base formada por tres vértices o condiciones: lo universitario, lo agrario y lo eclesiástico. Las tres son condiciones que conviven entre sí, las tres se juntan, se superponen, por veces se funden y se confunden en una sola. (En Febres Cordero, Tulio, 2005: 16).

Estas condiciones o “claves” del ser merideño que señala el autor se circunscriben prácticamente al vigor y desempeño político y social, de unos estratos firmemente constituidos y que en el devenir del tiempo efectivamente se han convertido en especie de dogmas” de la ciudad; no obstante, consideramos que el paisaje, el más vivencial de los atributos merideños, se convierte en el principal referente identificatorio de la ciudad de Mérida, en tanto que el hombre y la historia conforman un segundo estrato de importancia, al cual se suma la Universidad y la Iglesia.

En consecuencia, un acercamiento histórico a la literatura merideña entre 1900 y 1950 no pude hacer a un lado el tratamiento que estos escritores le han proferido a la triada de elementos que sustentan; así pues, para el escritor y crítico literario Lubio Cardozo en un intento por sintetizar la producción poética merideña considera que:

La vida artística de Mérida siempre ha estado profundamente penetrada por su circunstancia geográfica, por la orografía de la región, por sus paisajes. Pequeño estado de alomados horizontes, de abundante ríos montañosos, de sierras alta nevadas; de ciudades y aldeas cuya fisonomía nacida en torno a la economía del café mantuvo hasta tiempos recientes su sólida belleza arquitectónica hecha a la escala más hermosa posible. (2003: 5).

Como vemos, son varios los aspectos que se articulan en el “ser” merideño, elementos que se hacen evidentes en la obra literaria, tornándose a su vez en un carácter neohistórico que condicionan prácticamente todo el hacer artístico, en tanto que Mérida:

País de las nubes, de la neblina, de la lluvia pero también a veces de cielos de un azul purísimo, de diáfanos luminosidad. Todo ello ha contribuido a formar el espíritu de su gente, y ésta lo ha reflejado innegablemente en su cultura (Ibídem).

Se trata entonces de acercarnos de forma histórica ascendente (1900-1950) a la narrativa, ensayo, cuento y poesía desarrollada por los más connotados merideños y residentes, atendiendo a la interpretación realizada de los elementos vivénciales y referenciales que distinguen a Mérida del mismo modo, acercarnos a las reflexiones planteadas que ponen en evidencia las diversas situaciones que socialmente tuvieron incidencia en la historia de la región.

Los criterios exhibidos para el ordenamiento de los autores y algunas de sus obras están referidos en primer lugar al desempeño y producción intelectual dentro de los lapsos de tiempo referidos para ello, y en segundo lugar, atendiendo al tratamiento del paisaje, historia y hombre. En este sentido, debemos advertir que en muchos casos algunos de los escritores continuaron activos inclusive fuera de las etapas de tiempo utilizadas para enmarcarlos, lo cual hace mucho más dinámica la exposición de este acercamiento histórico. Asimismo, algunos de los escritores seleccionados no sólo desarrollaron narrativa, poesía y ensayo, sino que también escribieron trascendentales obras de análisis de la prosa venezolana, tal es el caso de Gonzalo Picón Febres (1860-1918) y Mariano Picón Salas (1901-1965.  Por otra parte, algunos de los más connotados narradores también fueron grandes ensayistas, razón por la cual trataremos de vincular ambas actividades en nuestro acercamiento histórico para con ello lograr un acercamiento más preciso.

Primera etapa 1900-1915.

Esta primera etapa del acercamiento histórico de la literatura merideña tiene  como merca a una ciudad que aún no han transgredido los límites de la ciudad colonial, sin embargo precisa existir cierta prosperidad productos de la venta cafetalera, principal rubro comercial de la región. De este modo, el marco de esta primera generación de escritores merideños seleccionados para este estudio desarrollaron sus actitudes entre:

La cruz verde de Milla y los campos de Glorias Patrias, los merideños permanecieron arrinconados al pie de sus montañas (…) flanquea por las espumosas aguas de sus cuatros ríos. Pero esa fruición de territorio, esa como levitada meseta, ocupada casi sin cambios desde hacía más de tres siglos, era próspera. (en: Giacalone, 1996: 282).

Para el escritor y crítico literario Domingo Miliani, la figura y obra de Gonzalo Picón Febres (1860-1918) constituye uno de los pilares fundamentales de la literatura venezonala, pues más allá de escribir obras del siglo XX que, de forma crítica y profunda recoge lo más granado de la producción literaria venezolana, es por tanto, esto de los primeros historiadores de la literatura venezolana:

La obra de Picón Febres queda como testimonio perdurable de un historiador que se desveló por comprender nuestra evolución de pueblo, productor de una cultura parcialmente estudiada. Cierra un ciclo en la vida de un gladiador de nuestra crítica que erró  muchas veces al valorar corrientes muy nuevas en su tiempo y mantuvo intransigente una sola línea de comportamiento literario. (En: Picón Febres, 1968: 34).8

El texto nacimiento de Venezuela intelectual (1907), constituye uno de los pilares fundamentales de la historiografía literaria venezolana, en tanto que recoge las noticias y producciones literarias aparecidas en fuentes de primera mano desde los mismos tiempos de la colonia hasta su contemporaneidad. Sin embargo, existen algunas críticas detractoras de la rigurosidad histórica con que el autor asumió la interpretación de las fuentes; a pesar de ello, se concerta en creer que la obra se Gonzalo Picón Febres llenó para la época un fuerte vacío en el conocimiento de los autores y obras venezolanas producidas para la época:

En cambio, si fue personal su concepto de su historia literaria, no es menos cierto que es casi leitmotiv de su labor acopiadora  de materiales para nuestro pasado literario, estuvo siempre orientado por dos ideas: la sinceridad –llevada a la crudeza- y el más absoluto desinterés (Ibíd.: 30).

Consecuentemente, Gonzalo Picón Febres es uno de los primeros investigadores de la literatura venezolana que inicia el camino del reconocimiento de escritores casi olvidados por la misma historia del país. Así se refiere a algunos de ellos:

¿Quién es ese venezolano egregio, de singular tamaño en todo Hispano-América por la palabra y por la pluma, por la sabiduría pasmosa, por el criterio vasto y hondo, por la deslumbrante luz de la imaginación creadora, por lo profundo de la filosofía, por la bella veracidad gallarda, por el sentido intenso y denso de generalización, por la verdad de patriotismo sin falsificaciones, por el alto entendimiento y la conciencia honrada? Es Cecilio Acosta. ¿Y aquél varón dilecto, el que enseñó tantas generaciones en la Universidad Central, y fue catedrático privado de Vargas (…) Es Manuel María Urbaneja (Ibíd.: 250).

Como vemos existe una dura intención de Picón Febres de realzar a través de su obra el valor integral de algunos venezolanos, coincidiendo con ello en la identificación de uno de los tres vértices de la triada teórica que sustenta a nuestro modo de ver la producción literaria en el periodo de tiempo que nos hemos propuesto históricamente.

Ahora bien, Gonzalo Picón Febres es uno de los escritores merideños más connotados de principios de siglo XX, y su obra literaria abre caminos hacia otros rubros de la poesía, género que evidencia un tratamiento especial del hombre y del paisaje, a este respecto Lubio Cardozo considera que dos son los libros de poemas que publicó Picón Febres el primero titulado “Claveles encarnados y amarillos” y “Caléndulas” (1971:17). De su poemario “Caléndulas” Picón Febres dedica entre otros una serie de versos al paisaje, donde se hace evidente la expresión de referencias ligadas al paisaje natural:

Atardece, y el sol con lumbres rojas

tiñendo está la inmensidad del cielo;

de los ceibos en flor brillan las hojas,

y los pájaros saltan por el suelo.

en el ruinoso templo de la aldea

resuena lentamente la comparsa;

el agua en los remansos chápotea,

y hay en los campos olor a mejorana. (Ibíd.:21)

Es la interpretación del paisaje, del lar que refleja el autor en sus trabajos, al tiempo que recoge en una obra de gran valor histórico, uno de los primeros intentos de historia literaria venezolana.

Otro de los escritores merideños activos para este lapso de tiempo constituye Tulio Febres Cordero (1860-1938), cuya obra literaria –leyenda, mitos, biografías e historia- constituye una constante evocación de la vida andina, y con mayor celeridad de la región merideña.

En este sentido, su dilatada producción literaria se desarrollaba de forma paralela al devenir histórico de la ciudad, en tanto que su incisión de entre siglos nos permite ubicarlo en un momento en que la producción intelectual de la ciudad de Mérida se debate entre:

Un romanticismo de alarmante longevidad cuyo patriarca era don Tulio Febres Cordero, a quienes seguían algunos regionalistas (…) Ideológicamente la Universidad de Los Andes vivía uno de los tantos momentos en los cuales se escinde el pensar académico. De un lado los espiritualistas de la escuela de Derecho (…) De otro los positivistas que hacen tertulia en la Hacienda Belén, alrededor del etnólogo Julio Cesar Salas (Miliani, 1992:12-13).

En este sentido, don Tulio representa dentro de la tradición literaria el más arraigado representante y evocador de la regionalizad merideña; una de sus obras de recopilación histórica más importante es “Clave histórica de Mérida” publicada por primera vez en 1892, obra que recoge una gran cantidad de datos y crónicas de la ciudad de Mérida desde su fundación hasta una detallada descripción de la ciudad para 1892. No obstante, este libro experimentó varias reediciones que se lograron durante el siglo XX, siendo la última en 1906. Ahora bien, “Clave histórica de Mérida” contiene un una versión de 1895, la primera impresión de una de las leyendas que busca exponer el origen mítico de la Sierra Nevada de Mérida, “Las cinco águilas blancas”, de este modo, esta obra trasciende los límites del tiempo para constituirse en piedra angular de la literatura merideña. Con ellos asistimos a una interpretación sentida del paisaje y entorno natural de Mérida, donde lo mítico-poético se convierte en una constante expresiva:

Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del firmamento; cinco águilas enormes, cuyos cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas.

¿Venían del Norte? ¿Venían del Sur? La tradición indígena sólo dice que las cinco águilas blancas vinieron del cielo estrellado en una época muy remota (Febres-Cordero, 2005:93).

Del mismo modo, Febres-Cordero narra la “Leyenda del Díctamo”, donde la evolución romántica y regionalista se convierte en su principal cualidad:

He aquí la leyenda del díctamo:

Hubo un tiempo en que reinaba entre

los indios de los Andes una mujer por

extremo hermosa, que ejercía con poder

inmenso sobre las nibus (…) Donde

sólo los venados consiguen acercarse al

verdadero díctamo real

(En: Picón-Salas, 1965:177 y 180).

A este respecto vale la pena señalar que es Tulio Febres Cordero quién mejor ha logrado compenetrarse con las tradiciones y conceptos que distinguen al merideño, quién ve transcurrir su existencia entre paisaje y tradiciones que se articulan en el sentido de identidad.

Entre 1900 y 1915 comienza uno de los primeros pasos en el desempeño literario otro importante escritor merideño Humberto Tejera (1892-1971) ensayista, poeta y narrador quién paso sus últimos años exiliados en México. Su obra puede considerarse como una fehaciente visión de la realidad histórica y social del país y de la región. En 1909 escribe un cuento breve titulado “recién graduado”, obra que relata de forma fabulada la situación de un joven doctor en derecho egresado de la Universidad de Los Andes, quién convierte su carrera de abogacía dentro de un marco histórico que si “juega bien las cartas”, puede obtener el mayor de los beneficios:

Me he puesto por primera vez sombrero de copa y una estrecha levita, a imagen de mis colegas, adquirido de cierto amigo que se la puso primero. Todo esto ha sido celebrado con champaña por los académicos y condiscípulos, a mi costa. En síntesis, he dejado de tener derecho a ser alimentado y vestido por mis padres, y en adelante este mi título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas y Sociales me ha de servir de alforja para probar todos los obstáculos que se presenten en mi camino a la dicha y a la gloria (En. Picón Salas, 1965:541).

En el contexto se observa que la rígida estratificación social de la ciudad de Mérida contemplaba como importantes proyectos de vida consolidarse en una profesión, casarse a la mayor brevedad y mantener un prestigio de su nombre y de su desempeño laboral:

No soy ambicioso, por mucho que se diga. No soy de los que piden la Aduana de La Guaira. Mi plan es reunir algún dinero, gran cosa diez o veinte mil pesos, y con ellos fundar un hogar, casarme con la noviecita que desde hace tres años me está esperando. Esto es alfa y omega de todas mis cosas (…) Resuelto este asunto, habrá tiempo para todo; para hacerme con alto renombre de jurista, publicando escolios a lo que dijeron los romanos; para hacer fortuna, para redondearme un nombre literario (Ibíd.: 541-542)

Dentro del acercamiento histórico a este periodo de la producción literaria merideña, vemos que se mantiene como premisas recurrentes el hombre como ente social, la historia y el paisaje, constituyéndose así en pilares fundamentales de este tratamiento literario.

Segunda etapa 1915-1920.

Mario Briceño Iragorry (1897-1958) historiador, crítico y ensayista trujillano, se residenció en Mérida en 1918 con la intención de cursar estudios en la Universidad de Los Andes. Es el momento en que la ciudad de Mérida comienza a experimentar los primeros cambios en su morfología urbana (Febres-Cordero, B. 2003) expandiendo la traza reticular, la cual se mantuvo casi de manera inalterable desde la Colonia; en tal sentido, Briceño Iragorry comienza en la Ciudad de Mérida una dilatada carrera que lo llevaría a producir ensayos, investigaciones históricas y una especial obra literaria titulada Los Riberas (1953).

A los veintidós años es invitado a participar en la VIII Confrencia Universitaria organizada por el rector de la Universidad de Los Andes, Doctor Diego Carbonell el 24 de Julio de 1918, en este evento participa con el ensayo titulado Orígenes del Arte, texto reflexivo que diserta sobre las distintas interpretaciones que se han sucedido para explicar los orígenes del arte; así lo establece:

El hombre es un suceso histórico: El tiempo en su vertiginoso correr ha ido plasmando en su vital sustancialidad las leyes de su evolución, y son ellas quienes han presidido en el amplio campo de la Historia las mil vicisitudes porque ha tenido que aventurarse en busca de un fin ideal de vida. Fatal o providencialmente tenía que manifestar el ser efímero una visión artística que vivía recóndita en sí mismo (Briceño Iragorry, 1997:368).

El ambiente intelectual de la Ciudad de Mérida vio como un grupo de jóvenes, Iragorry entre ellos, debatían sobre el destino cultural; junto a la reflexión artística el autor también se dedicó a escribir ensayos breves sobre distintos tópicos de la realidad nacional y regional, donde siempre dejó ver su apego y convicción a valores individuales, así como también a la ciudad y su entorno natural. En este sentido, vale la pena acotar que para 1997, el por entonces instituto de acción cultural de Mérida (IDAC) publicó una importante recopilación de los trabajos más selectos de Briceño Iragorry dedicados a Mérida titulado Mérida la Hermética, al tiempo Briceño que resalta otros escritos elaborados también en la Ciudad. A este respecto, podemos denotar que su trayectoria es muy activa y se prolonga desde la década del 20 del siglo pasado hasta su muerte en 1958, por tanto, hemos seleccionado dos textos que reflejan por un lado la visión transformadora que experimentó la Ciudad de Mérida a los ojos de este escritor, y por otro una ambientación narrada de la ciudad de Mérida para 1918.

El mismo día de su muerte (1958), Briceño Iragorry escribió un ensayo breve titulado Tierra donde expone su parecer a los cambios “vertiginosos” para él, que experimentaba la ciudad. Al respecto establece el autor

Mérida es ciudad con las ventanas abiertas hacia el campo labrantío. Pese a su dignidad de metrópoli de la cultura de Occidente, Mérida es ciudad agrícola, a la cual, sin embargo, falta el sentido de gravedad de su destino, la Universidad, por caso, si bien tiene una facultad de Ingeniería Forestal, carece de un escuela de Ingeniería rural. Así su gran fuerza radica en el campo, no hay en la ciudad la debida preocupación por los problemas de la tierra. (Ibíd.: 383)

Se observa una posición crítica ante la realidad de la ciudad, empeñada más a transformarla físicamente que a atender su principal rubro de manutención.

En 1953 se publica por primera vez la novela Los Ribera, obra ambientada en la Mérida de 1918, donde el autor expone el sentido regionalista andino y su transformación al experimentar otra realidad como la caraqueña; así mismo esta obra está llena de alusiones por lo menos en los primeros seis capítulos a la ciudad y su entorno natural:

En el cielo claro, sereno, sin nubes, empezaban las estrellas a apagar sus luces. Tus calles estaban solitarias. Una que otra mujer, bien cubierta con el tupido pañolón, combinaba a pasos menudos hacia la Catedral o la Tercera. (…) De la Sierra y de los páramos cercanos, bajaba cortante el airecillo juguetón de la madrugada – madrugadas de Mérida, olorosas a vida, a hierba, a alegría, a esperanza! – sobre las piedras de la c8alle surcaban luces las herraduras penurosas de las bestias, hambrientas de caminar al empuje de la mañana inminente. ¡Mañanas de Mérida, alegres, luminosas, como mañanas de resurrección! (Ibíd.:296-297)

Tulio Gonzalo Salas (1899-1916) es uno de los escritores y poetas merideños más connotados de éste período; a pesar de haber vivido muy poco – apenas 22 años-, representó para la época un gran talento. Ahora bien, son pocos los textos que hacen alusión a su vida y trabajo, entre la hemerobibliografía consultada  encontramos además de un breve cuaderno de poesía titulado De mi solar, cuya primera edición estuvo a cargo de otro connotado escritor  Eduardo Picón Lares, existe una segunda y última edición de 1958. Sobre Tulio Gonzalo Salas le han dedicado algunos textos Emilio Menotti Spósito, Eduardo Picón Lares, Mario Briceño Iragorry entre otros, sin embargo su obra es muy poco conocida . En este sentido, utilizaremos la edición de 1958  para exponer algunos extractos de su poesía.

De mi solar contiene un poema titulado Rapsodia de la epopeya nacional (canto a Mérida) llena de alusiones a la grandeza de la ciudad lograda por sus esmeros intelectuales y por la belleza natural:

Venid, vírgenes blancas del parnaso

y haced, deidades, que mi alma estrene

una canción de perlas y de raso

más limpias que el vaso

del líquido astral de la Hipocrene!

(…)

Dadme la ardiente inspiración de Homero,

de ése cantor de magna poesía,

porque en éstos momentos sólo quiero

dejar que inunde el corazón sincero

belleza y luz en la palabra mía!

(…)

Carta a la ciudad! Y que mi canto,

sin que tenga tamaño de vestigios,

viva perenne vida, más que en tanto

quede yo sepultado bajo el manto,

bajo el manto tremendo de los siglos

porque Mérida es alma! Y en su cuna,

que se mece del Ande entre fulgores,

ella tiene el pénsil de la fortuna

donde cada mujer es como una

princesa de Dios echando flores. (Gonzalo Salas, 1958:83)

Sobre éste joven poeta señala Mario Briceño Iragorry:

Pensó y sintió. Acaso hermanos en ésta simple y detestable enfermedad humana. Joven abusó la muerte, como queriendo que la vida lamentase sus hieráticos desposorios: Fue a ella con la voluptuosidad propia de 22 años, no con el cansancio y el amén de los fracasos que esperan cobardes ante la liberación de la “muerte propia”. En su breve libro quedan sus versos musicales y fluidos; en los que su alma artista prolongó su existencia, acaso en irónica enseñanza del Destino ilógico de nuestra existencia, árida y estúpida. (Briceño Iragorry, 1997:183).

Poeta activo entre 1910 y 1916 se convierte en referente importante para la elaboración de cualquier intento de aproximación histórica de la literatura merideña.

Raúl Chuecos Picón es otro de los escritores activos en la ciudad de Mérida entre 1910 y 1920; su obra está caracterizada por poemas dirigidos a enaltecer la trascendencia histórica y social de su ciudad natal. Uno de sus más connotados poemas se titula “A la ciudad Colonial de Mérida de los Caballeros” donde expondremos algunos extractos para así observar las interpretaciones de la ciudad realizadas por el autor:

ERES FLOR DE CIUDADES, la paloma

entre el recio nidal de fuertes águilas,

y la neblina pone, mi señora,

velos de castidad en tus miradas

cuatro ríos de linfas vocingleras,

nacidos en un vientre de montaña,

con empujes hidráulicos despeñan

su viril regadío a la comarca

(…)

Porque sólo en tu cielo adormecido

la blanca estrella del amor esplende,

y en la brava soberbia de tus riscos

cuajó su luz en el cristal de nieve

porque oh Mérida, oh mía, mi señora,

en cada beso que la luz te envía,

hay miel de los panales de la aurora

y amores de suntuosa epifanía

(…)

Sé blanca,

Sé pura,

Sé casta,

Sé música;

deja que asome tu alma

a través de la estameña

ya que de mi pecho arrancas

el poema,

Doña Mérida¡ (En Díaz Contreras, 1984: 19,20 y 21)

Al igual que los otros poetas, Raúl Chuecos Picón (1891-1937) incursiona en un tipo de poesía que se hace recurrente durante estos años, apego irrestricto a una métrica rigurosa (Cardoza, 1993: 7), y la evocación de temas ligados al entorno natural de la ciudad y su trascendencia histórica.

Durante este período de tiempo comienza sus primeros pasos en el mundo de la escritura Emilio Menotti Spósito (1891-1951), escritor merideño que se destaca por su activa participación en la creación y dirección de numerosos periódicos de circulación irregular en la ciudad. En este sentido, Menotti Spósito elabora un discurso fuerte y reaccionario, donde analiza los cambios sociales experimentados en la ciudad, pues a su parecer, en ocasiones le resulta adverso por su vertiginosa rapidez y poco detenimiento a la reflexión; de ahí que, presentaremos a continuación algunos extractos de un poema titulado “Canto a Mérida”, y en segundo término una descripción de la ciudad de Mérida aparecida en el Semanario de Prometeo.

“Canto a Mérida” es una obra que está inserta  dentro de la tradición poética que busca exaltar el valor geográfico de la ciudad, así como también su ineludible paisaje:

Descubro reverente mi testa aridecida

para cantarte, ¡oh, Mérida¡ esta canción trivial

Tú que en un gesto eterno de perdón y de vida

descubres, majestuosa, la testa señorial

(…)

Perdona si mi canto lastimare el orgullo

de tus días mantuanos de ciudad colonial,

cuando niña mimada, gozabas del arrullo

del viejo padre Chama, generoso y cordial;

de cuando eras la heroica ciudad esclarecida,

patria de caballeros, muy fiel y muy leal,

y no porque viviese humilde y escondida

perdías el aprecio de la persona real.

(..)

¡Favorecednos, madre, de tantos pecadores¡

Libradnos de sesiones, de bustos y de ciencias

modernas, discursos, conferencias

¡y otros excesos más de los doctores¡

Soberbia, casta y pura ciudad de caballeros,

con los blasones áureos, de perlas y coral,

de juntas literarias, de santos misioneros,

de cómicos de a legua y de cualquier mal (En Díaz Contreras, 1984: 13-14)

Menotti Spósito fue un reaccionario que no contempló las posturas de algunos personajes de su época, en que la hipocresía era su principal argumento; así lo deja ver Mariano Picón Salas cuando considera del autor que:

Es el ejemplo de algo más profundo como la inconformidad que usted sembró en nosotros: inconformidad que siente la vida y el Arte sin el optimismo de los tontos o de los demasiado llenos, sino como combate y aventura por algo mejor, como un proceso siempre abierto en que el hombre quiere inscribir  – aunque le duela – su peculiarísimo y veraz testimonio (En Menotti Spósito, S/F: 16)

En uno de los semanarios que circularon por la ciudad entre 1920 y 1935 se encuentra el Semanario de Prometeo, dirigido por el propio Menotti quien observa y expone los atributos de la ciudad, así como también lo que considera su alarmante deterioro:

El Llano Grande, como la Sierra Nevada y los Chorros de Milla, han constituido siempre el orgullo de los merideños. Son hermosísimos espectáculos de su privilegiada naturaleza, rutilantes joyas con que el Supremo Artífice se complació donar a la gentil altiplanicie (…) Pero el Llano Grande ha perdido por completo su amable fisonomía heráldica y su primoroso relieve de reliquia urbana, con la arbitraria construcción de edificios asimétricos que, a excepción del Aeródromo, que justifica su vital utilidad de servicio público moderno, restan su natural donaire y sanitaria defensa de aires puros a la procera ciudad de Mérida (Ibíd.: 303)

Roberto Picón Lares (1891-1950) es otro importante escritor de esta época, destacándose más por la oratoria y otros rubros de la literatura que por la poesía[i]. Hijo de Gonzalo Picón Febres cumplió distintas funciones a nivel plenipotenciario, sin embargo, su gestión como rector de la Universidad de Los Andes entre 1934 y 1936, dejó sus más altas consecuencias dentro del hacer administrativo y gerencial. El Fondo de Cultura Económica de México le publicó en 1952 los discursos más importantes pronunciados por este autor; con un prólogo de Mario Briceño Iragorry, Apologías constituye un importante texto a considerar dentro de esta aproximación histórica de la literatura merideña.

Uno de los discursos más importantes fue el presentado en el salón de usos múltiples de la Universidad de Los Andes, con motivo de hacer entrega de su cargo al Doctor Florencio Ramírez el 14 de marzo de 1936; en él, el autor además de dar una lista y parte de su gestión como rector realiza una descripción de la ciudad de Mérida, donde además de la Universidad encuentra otros atributos en su fisonomía y patrimonio:

Desde el momento mismo de su creación Dios decidió sobre el destino de la ciudad romántica. Repasad uno a uno los tesoros de que es dueña: su clima, verdadero reglo del cielo, dulce, suave, deleitoso; sus paisajes, escala por donde el hombre asciende a las más empinadas cumbres de la elevación mental; los montes que la circundan, de soberbio aspecto y colorido único, a los cuales Julio Sardi con singular acierto llamó la sinfonía del verde, por la variedad de tonos con que este color despliega allí su gama (Picón Lares, R., 1952: 146)

Este autor merideño fue famoso por la potencia de sus discursos, así como también por su elocuente manejo del castellano (Briceño Iragorry, 1997: 12), lo que lo convierte en una importante referente de este acercamiento histórico. Su principal intención consiste en representar el valor académico de la Universidad, y en segundo lugar enaltecer la ciudad como reducto colonial arquitectónico y social de gran importancia.

Tercera etapa 1920-1940.

Entre el cambio y la tradición

Durante estos años la ciudad de Mérida comienza a experimentar los cambios morfológicos urbanos más importantes, se extiende los límites de la ciudad más allá de la “Glorieta de la India” y de la Plaza de Milla (Febres – Cordero, B., 2003: 97); muchos son los escritores que permanecen activos en la ciudad, no obstante, otro grupo de ellos se aleja de la ciudad para buscar un mejor porvenir sin olvidar la tierra que os vio nacer. Así pues, el más universal de los merideños es Mariano Picón Salas (1901-1965), hombre dedicado enteramente a las letras quién legó un sinnúmero de ensayos, artículos, reflexiones y todo tipo de producción escrita. Lo hemos incluido en esta apartado a sabiendas que desde la misma década del 20 ya realizaba sus primeros pasos en el mundo de la literatura dentro de los límites de la ciudad.

Durante su estadía en México escribe en 1943 un trascendental libro novelado titulado Viaje al Amanecer, obra de carácter autobiográfico que refleja una imagen de Mérida de comienzos de siglo XX; en su breve prólogo Picón Salas señala que este libro es del tiempo de Maricastaña, “…donde los reyes de los cuentos, parecidos a los reyes de la baraja, andaban a pie por los caminos del mundo…” (Picón Salas, 1981: 9) A este respecto, el escritor venezolano Arturo Almandoz establece que el tiempo de Maricastaña de Viaje al Amanecer es un momento particular de la historia de nuestro país, donde:

Más que responder a un período concreto de nuestra historia, el tiempo de Maricastaña parece resultar del entrecruzamiento de la mitología infantil con muchos de los rasgos tribales de la Venezuela rural que salía del siglo XIX, y cuyo acceso al XX Picón negaría hasta la muerte del dictador (2002: 17)

En este acercamiento histórico nos detendremos en Viaje al Amanecer, puesto que, por razones de tiempo y espacio no podremos reseñar toda la obra de Picón Salas realizadas en este momento dada su gran bastedad. Esta obra combina una interpretación de la historia con una minuciosa reconstrucción del paisaje y entorno natural de la ciudad de Mérida. El primer capítulo nos indica de entrada la manera en que el autor presentará el texto prácticamente en toda la extensión:

Aguas frías que descienden de la montaña nevada: árboles de luminosas hojas verdes y sombra apaciguadora, helechos y musgos donde se cristaliza el rocío; permanente rumor de los cuatro blancos y espumosos torrentes en que la altiplanicie de Mérida se va a bañar a sus pies (…) Por más que anduve por muchas tierras, no perdí la costumbre de ser merideño entrañable. Y los cuentos de Mérida, y el olor de sus flores, y las fiestas de aguas y verduras con que la engalanó el clima, me tienen en trance permanente de retornar a su paisaje (Picón Salas, 1981: 15)

Como un merideño entrañable Picón Salas siempre mantuvo como tema recurrente su lugar de origen, al tiempo que buscó no sólo reconstruir la historia, sino darle una mejor interpretación a los hechos vividos por él en su breve pero fructífera permanencia en la ciudad:

El pasado que reconstruye Picón Salas en su narrativa se nutre de tradiciones culturales diversas, de oralidad, costumbres, de ideologías que van en mismo plano de importancia junto a lo fáctico en sí; y todo ello es una sumatoria de identidades que definen en mucho los rasgos culturales de Venezuela (Zambrano, 2003:137)

Otra escritora merideña de esta época constituye Clara Vivas Briceño (1897-1977), aunque desarrolló parte de su obra en Caracas, es considerada como un valuarte, aunque poco difundido y conocido. En su poema Hostias Críticas, Vivas Briceño expone su experiencia de volver a la ciudad que la vio nacer, estableciendo comparaciones y otras formas expresivas:

Yo soy aquella montaña salvaje,

que un día vino en busca de civilización:

trayendo un noble empeño en su carnet de viaje,

un alma ardiente y pura, ¡y un recto corazón¡ (En Cardozo, 1971: 92)

Del mismo modo podemos mencionar a Antonio Spinetti Dini (1900-1941); Juan Antonio González Patrizi (1911-1950), entre otros quienes estuvieron activos dentro de este lapso de tiempo.


Cuarta etapa 1940-1950

En vísperas de nuevas expresiones y nuevos talentos

Para esta última etapa hemos seleccionado a cuatro escritores merideños, quienes dentro de este acercamiento histórico marcarán el lapso de transición hacia una nueva producción mucho más contemporánea.

Augusto Rodríguez (1911-¿?) escribió para esta época un libro de versos que tituló Sobre el surco, cuyas temáticas pueden catalogarse como “costumbristas” (Cardozo, 1971: 106), obra que tiende un puente entre el lector acostumbrado a temáticas poco relacionadas con el diario acontecer del pueblo, del peón del trabajador. Como vemos, dentro de la triada de elementos se amplía considerablemente hacia unos derroteros más sociales, al tiempo que se sigue cultivando el paisaje como elemento más referencial:

El gallo acabó la fiesta

caballero en su alazán,

partió por brechas y riscos,

y consigo se llevó

¡la florecita de mayo¡… (Ibídem)

Asimismo con versos más ligados a la realidad social de una ciudad que comienza a ver crecer sin ningún tipo de control las barridas de la ciudad, escribe lo siguiente:

Yo quiero visitar los barrios pobres,

los desheredados del destino,

en donde la miseria y el hambre

se cuaja en la pupila de los niños.

Yo quiero recoger

ese grito desgarrado

y lanzado como una sonata triste,

cuando en mi pueblo se enciendan

las luciérnagas de la noche… (Ibíd.:107)

Junto a Augusto Rodríguez, escritores como Oswaldo Trejo, Ernesto Jerez Valero (1923-¿?), Ramón Gilberto Quintero y otros más se mantuvieron activos hasta inclusive la década del 60 y 70, donde se mantienen  como una base en sus obras, la relación triádica de paisaje, hombre e historia, elementos ineludibles en la reconstrucción histórica de la literatura merideña.

Conclusión

En esta investigación se pudo establecer a través de un acercamiento histórico que se estuvo producción en la literatura merideña de principios del siglo XX, así podemos observar que si existe una gran cantidad de obras literarias pertenecientes a este periodo, además de muy variada y rica temática, que siempre estuvo relacionada de una u otra manera a la triada (paisaje, hombre e historia) que utilizamos para conducir de mejor forma nuestra investigación.

En este sentido, podemos exponer que la literatura merideña de comienzos del siglo veinte si estuvo activa, que fue muy abundante, y además siempre acertada en temas y calidad artística, hecho que nos demuestra que hace falta ahondar más profundamente y es factible estudiar de manera total la literatura producida en nuestra ciudad con el fin de conocer mucho más y de mejor modo nuestra riqueza cultural y artística que hace tanta falta para que todo ser humano sea más pleno y feliz.


[i] “… Aunque lo que más practicó fue la oratoria, también hizo incursiones en la novela (Alas rotas) y el cuento (Los costurones de Ramón Busquita, Cantaba el Ruiseñor), de la poesía de salvaron tres libros…” (Cardozo, 1971: 155)

Referencias

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BRICEÑO – IRAGORRY, M. (1997). Mérida la hermética. Mérida: Instituto de acción cultural.

CARDOZO, L. (1971). La poesía en Mérida de Venezuela. Maracaibo: Universidad del Zulia.

CARDOZO, L. (1993). Epítome de la poesía en Mérida. Mérida: Editorial Venezolana.

DÍAZ C., A. (1984). Antología poética de la ciudad de Mérida. Mérida: Editorial Venezolana.

FEBRES – CORDERO, B. (2002). La arquitectura moderna en Mérida 1950 – 1959. Mérida: Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico de la Universidad de Los Andes.

FEBRES – CORDERO, T. (2005). Clave histórica de Mérida. Mérida: Publicaciones del Vicerrectorado Académico, Universidad de Los Andes.

GIACALONE, R. (Compiladora) (1996). Mérida a través del tiempo. Siglos XIX y XX, política, economía y sociedad. Mérida: Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes.

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PICÓN FEBRES, G. (1968). Nacimiento de Venezuela intelectual. Tomos I y II. Mérida: Ediciones del Consejo Universitario

PICÓN LARES, R. (1952). Apologías. México: Fondo de Cultura Económica.

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ZAMBRANO, G. (2003). Mariano Picón Salas y el arte de narrar. Mérida: Ediciones del Vicerrectorado Académico de la Universidad de Los Andes.

ZAMBRANO, G.  Modernidad y vanguardia en la poesía venezolana de los años veinte. Trabajo de grado de maestría publicado. Universidad de Los Andes, Mérida.

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