Desde el tiempo de las cavernas el hombre ha tenido la inclinación por sacralizar ciertos espacios, sean naturales o diseñados por él mismo. En el paleolítico se observa como el hombre captaba su mundo en diversas representaciones pictóricas como lo eran los bisontes, ciervos, mamut, entre otros animales, además de representaciones antropomórficas. Lo interesante del arte rupestre son los lugares que el hombre del paleolítico escogía para realizar las diversas obras pictóricas, ya que no fueron realizadas en espacios abiertos sino en profundas cuevas como  la de Altamira y Lascaux en donde el hombre encontró un espacio apropiado para plasmar sus inquietudes o sensaciones.

No solo el hombre del paleolítico ha tenido este tipo de espacios en el que se concentran manifestaciones artísticas que expresan su inspiración, el hombre ha tenido la necesidad aún de fabricar o construir sus propios espacios a los cuales les ha otorgado una gran carga de sacralidad con el fin de acercarse a un ser supremo o absoluto. En el caso de las cuevas de Lascaux y Altamira se presume que las representaciones allí encontradas poseían un carácter mágico, debido a que el hombre paleolítico captaba la esencia de los animales a los cuales posteriormente iba a cazar. Incluso se encuentran escenas de ritos y danzas que guardan una estrecha relación con sus creencias. Si bien el hombre hoy en día el hombre no hace representaciones pictóricas en cuevas, sí construye y durante todos los periodos de a historia ha construido espacios en los que ha preservado representaciones artísticas, que según la creencia de quienes allí asisten, contienen la esencia del ser supremo al cual ellos van a rendir culto.

Basílica Menor. Fachada principal

Aún en la misma ciudad de Mérida encontramos espacios sacralizados, destinados al culto de las deidades. Tal es el caso de la Basílica menor de la Inmaculada Concepción, en la que se

llevan a cabo ritos litúrgicos para inducir a los feligreses a un encuentro con la deidad. Pero si bien es cierto que el hombre es movido a este tipo de lugares debido a sus creencias místicas, también es cierto que en este espacio litúrgico se encuentran una gran cantidad de obras de arte que lo convierten en un lugar para la historia del arte digno de estudiar. Sin embargo nos adentramos al estudio d

e la liturgia y de la esteticidad que en ella se puede hallar, recurriendo precisamente a los elementos plásticos que se encuentran en dicha catedral y que, inevitablemente, forman parte de la liturgia.

El teatro es un arte que reúne en sí diversas expresiones artísticas como la danza, la pintura, la poesía, entre otros, que juntos pueden producir un hecho artístico y con él una experiencia estética. “…El teatro es quizás el único sitio en que todos los elementos artísticos se unen en un terreno común.”[1] Por su parte la liturgia reúne una serie de elementos plásticos como la arquitectura, escultura, pintura, vestuario, iluminación, música, entre otros, que si bien son obras de arte, se encuentran inmersos en la liturgia que se lleva a cabo en esta basílica. Es por ello que se considera que se puede indagar en una estética en la liturgia religiosa de dicha catedral.

La liturgia se puede definir como un conjunto de prácticas que se llevan a cabo con el fin de rendir culto a una deidad. Este tipo de prácticas religiosas no son ajenas a la comunidad merideña, que fielmente asiste a dichas ceremonias, a las cuales se invita con el sonar de unas campanadas que indican que el acto de la liturgia va a iniciar. Desde el mismo instante en que el feligrés comienza a entrar en la Basílica Menor, se encuentra con un espacio arquitectónico que debido a su monumentalidad y rica ornamentación, le va a sacar del espacio cotidiano al que está acostumbrado, así que a partir de este momento se va a activar en el feligrés una cierta sensibilidad  a lo que en ese lugar se va a suscitar. A medida que se penetra en ese espacio arquitectónico se pude observar como la verticalidad de la nave central induce al devoto a levantar su mirada manteniendo una ascencionalidad que se perseguía en las catedrales de la Edad Media.

La Edad Media obsesionada por la idea de redención ve su tarea,   la   de mayor importancia vital, en la comunión con Dios. La arquitectura románica tiene la ambición de convertir la casa de Dios, en el lugar en que el hombre, alejado de lo terrenal, procura acercarse a Dios en la construcción más suntuosa, más impresionante y, también, más alta de la comunidad.[2]

Basílica Menor. InteriorAdemás hay una sucesión de pilares cruciformes, imágenes, pinturas y esculturas que van marcando el camino hacia un punto focal, el de mayor importancia en la edificación, que es el ábside, lugar que se encuentra más elevado en relación al resto de la estructura, dándole así  una jerarquización, pues es de allí de donde se “comunica” la deidad. El ábside vine a ser el lugar que absorbe completamente la atención del espectador, debido a que es el punto cumbre de todo el espacio arquitectónico, presenta una gran riqueza plástica en cuanto a imágenes, pintura mural y vitrales, gozando de una gran luminosidad que le atribuye aún más ese carácter áulico. Es así como todo el espacio arquitectónico pasa a ser un espacio teatral en el que se lleva a cabo la ceremonia religiosa.

Por su parte la imagen siempre ha cumplido un papel de gran importancia para el hombre. La catedral de Mérida presenta una gran cantidad de pinturas, esculturas y frescos de una impresionante maestría compositiva, que siendo bellas obras de arte, remiten al espectador a la idea del absoluto, sintiéndose inclinado a  rezar ante ellas con mucho fervor. Bien lo afirma Jons Karl Huysmans, escritor francés de la segunda mitad del siglo pasado, al encontrarse frente a la virgen de Maître de Flémalle en un museo de Stádel de Francfort.

(…)la virgen pertenece sobre todo al dominio de la liturgia y de la mística. Su lugar está en la iglesia, frente a un reclinatorio…y al contemplarla tiene uno más ganas de juntar las manos que de tomar apuntes.[3]

Aún hoy en día la imagen sigue persiguiendo la misma finalidad didáctica de la Edad Media, mediante la cual se continúa adoctrinando a los feligreses, quienes se sienten atraídos, cautivados ante una imagen que ellos veneran y con quienes se sienten inclinados a hablar. Cabe también destacar que durante el tiempo litúrgico se produce una estrecha relación entre lo que los feligreses escuchan del discurso emitido por el sacerdote o de la lectura de los evangelios y lo que observan en las imágenes representadas a su alrededor, es como si esas palabras que penetran por sus oídos se materializaran en bellas formas escultóricas, pinturas y frescos que se hacen parte de ese espacio arquitectónico bellamente iluminado.

La luz, al igual que en las catedrales góticas cumple una función fundamental en la Basílica Menor de la ciudad de Mérida, este elemento de gran importancia para la expresión artística y plástica, irrumpe los espacios de la estructura catedralicia a través de las grandes vidrieras que flanquean la nave central, las cuales se encuentran ubicadas en la parte superior de las arquerías, produciendo de esta manera una rica iluminación sobre esta nave, Como si indicase el camino hacia el ábside creando así un espacio distinto al natural debido a que la luz se encuentra matizada por los diversos colores del vitral, dando continuidad a esa idea de ingravidad y de espiritualidad de las edificaciones góticas.

El fiel que accede al interior de la catedral se encuentra con un espacio figurado que simboliza o representa la casa de Dios, la Jerusalén celestial. La iglesia material representa la espiritual.[4]

Se ha indagado en elementos artísticos que brindan un espacio escenográfico a la actividad litúrgica en la catedral merideña, sin embargo es necesario continuar el camino y profundizar en el hecho litúrgico como tal, para descifrar si realmente existe una carga estética en dicho evento. Si se estableciera una relación entre el acto litúrgico y la obra de teatro, se encontraría a un sacerdote que hace de director teatral, ya que dirige la escena, pero al mismo tiempo de un actor que representa el personaje de un hombre que es el vicario de la deidad. Pero el teatro no es solo actor y director, sino también requiere de otro elemento importante que son los espectadores, que en este caso de la liturgia en la catedral de Mérida, serían los fieles quienes a su vez se convertirían en un público activo que se encuentran inmersos en una obra teatral.

El parlamento se inicia por parte del sacerdote dando la bienvenida a los feligreses que formarán parte de ese acto ceremonial, a partir de ese momento el discurso ético será el emitido con el fin de alcanzar una unidad con el ser absoluto, y de dirigir a la asamblea a ese encuentro con la deidad. Posteriormente y en repetidas ocasiones se hará uso de oraciones responsoriales, en la que los feligreses forman parte activa del rito. Sin embargo van a ser las lecturas de los evangelios el instante más expresivo, estéticamente hablando, de la liturgia de la palabra o primera parte de la liturgia, ya que se basa en la lectura de una literatura antigua tanto en los libros históricos como en los evangelios de la Biblia, que goza de una bella elaboración escrita. La palabra forma parte importante de este evento religioso pues con ella los fieles expresan su devoción a la deidad a través de rezos, salmos responsoriales, credos, peticiones además del discurso sacerdotal. La palabra o discurso emitido tanto por el sacerdote como por los feligreses representa esa face inicial de toda una teatralidad, las formas responsoriales juegan el papel de diálogos  en los que se establece una comunicación entre la asamblea y el representante de Dios.

Van a ser las voces y las notas musicales las que elevarán al feligrés a un mundo más profundo, más místico. Desde las primeras civilizaciones o aún más allá, desde el mismo momento en que el hombre tiene conocimiento de su existencia ha tenido la tendencia a expresar sus más grandes inquietudes a través de la música, debido a que esta representa un camino para su propia exaltación, teniendo como fin en los tiempos primitivos, el llenarse de ánimo para salir a cazar. En la catedral de Mérida se puede hablar de una exaltación del hombre a través de una música ritual, interpretada por el coro en compañía de los asistentes, por medio de la cual el alma se eleva y el ambiente se impregna de esteticidad. “Cuando el sonido (…) se apodera de la sensibilidad del oyente y le provoca un cierto estado de trance mental, solo comparable al que surge de otras experiencias artísticas.”[5] De esta manera tanto el sacerdote como los fieles se van haciendo partícipes de una teatralidad.

El climax de la liturgia se observa en el momento de la sacristía cuando el sacerdote realiza la presentación del vino y el pan para ser convertidos en el cuerpo y la sangre de la deidad. Esta representación actoral, si así se puede llamar, por parte del sacerdote produce en el público un acto de contrición en donde el hombre se humilla a sí mismo para exaltar a la deidad. Se puede mencionar aquí la denominada catarsis, precepto filosófico concebido por Aristóteles, en el que el espectador purifica los sentimientos de temor y compasión. Este acto remite al feligrés a la historia bíblica conocida por él, acerca de la pasión y muerte de Jesucristo, como en la tragedia griega, cuando el héroe perece y paga su falta o error trágico con el sacrificio de su vida, aunque este no sea verdaderamente culpable de alguna falta. Es así como se produce en el feligrés una identificación con la deidad, purgando sus propias pasiones y trasladándose de lo particular a lo universal, de sus propias pasiones, a la identificación con las pasiones del resto de los feligreses a través del acto de la paz, en reconocimiento de que han purificado sus pasiones a través de la deidad.

Pero además, el proceso de identificación se hace más tangible cuando al sacerdote como vicario de la deidad realiza un desplazamiento desde el ábside, que es un lugar más elevado, a la nave central, que es un espacio más terrenal, como si la deidad descendiese para ir al encuentro con los fieles, concluyendo estos el proceso de identificación al recibir la hostia en representación del cuerpo del dios. Todo este proceso cumple con una teatralidad en la que sacerdote y feligreses participan en una creación colectiva.

Existe además en este momento de la liturgia de una gestualidad, que al igual que en el teatro, le brinda riqueza a dicha representación, ejemplo de ello es el momento en el que el sacerdote levanta la hostia  y posteriormente el cáliz, mientras que los asistentes se postran como símbolo de contrición. Pero no será solo en este momento en el que los gestos y poses estén presentes sino que estarán durante toda la liturgia como parte de la ceremonia, haciendo de la expresión corporal un sistema codificado al que los participantes obedecen e incluso se producen momentos en los que se da una interacción entre el movimiento y el lenguaje verbal, un ejemplo de ello es cuando los feligreses se persignan, mientras emiten la frase “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.” También se producen interacciones gestuales entre el oficiante y la congregación entablando un dialogo de poses y gestos en el que se arrodillan, se sientan o levantan las manos, así que al igual que en el teatro la expresiones corporales forman parte importante de esta ceremonia.

En la liturgia de la catedral de Mérida no solo se hace uso de palabras, gestos, arquitectura, pintura, entre otros, sino que también se hace uso de un determinado vestuario tanto para los monaguillos como para el oficiante, que al igual que en el teatro el vestuario del sacerdote guarda una estrecha relación con la puesta en escena o liturgia, reproduciendo un sistema fijo de colores y formas que remiten un código inmutable conocido por los feligreses. “El vestuario es tan antiguo como la representación de los hombres en el rito o la ceremonia, donde el hábito más que en cualquier otra parte, siempre ha hecho al monje (…)”[6] Vestuario que saca al sacerdote y  a los mismos fieles  de la cotidianidad, para ubicarlos en un espacio teatral-ceremonial.

También en la liturgia de la Basílica Menor de la ciudad de Mérida, se hace uso de una serie de implementos rituales que tienen una carga estética, como los son los copones y cáliz que contienen la hostia y el vino, los cuales cumplen un papel importante en el proceso de transustanciación durante la sacristía. Estos implementos sacros son estéticos debido a la belleza de su ornamentación y de su resaltante color dorado, por ello al momento de ser elevado el cáliz y encontrarse totalmente iluminado, causa un bello efecto a la vista del espectador, siendo en ese instante de la liturgia el centro de atracción. La liturgia concluye con un rito de despedida en el que el sacerdote confiere una bendición final para la feligresía, quienes se despiden respondiendo a las palabras y gestos del vicario, mientras que este hace una reverencia frente a la imagen de la virgen María que predomina en el ábside, y posteriormente se retira junto a sus acompañantes los monaguillos.

Una vez estudiados cada uno de los conjuntos de obras de arte que se encuentran en torno a liturgia de la Basílica Menor de la catedral de Mérida, cabe hacerse la pregunta ¿existe una estética en dicha liturgia? Pues, si bien el sentimiento religioso no es considerado una experiencia estética debido a que, quienes acuden a este tipo de ceremonias no van en busca de una emoción de índole estética sino religiosa, y su devoción ante tales actos se inclina hacia lo místico, pues se sabe que quien recurre frente a una imagen con gran devoción para rezar no está en ninguna forma interesado en conocer quien es el escultor, el pintor o que técnica han usado para realizar dicha imagen, solo basta su creencia para arrodillarse, encender una vela e iniciar la oración.

También es cierto que existe en la liturgia de la catedral de Mérida, como se ha venido mencionando, gran cantidad de obras artísticas como lo es la arquitectura, pintura, escultura, murales, vitrales, música, entre otros, que estimulan a los feligreses a una experiencia que se encuentra fuera de lo racional. Además es innegable que la liturgia religiosa de esta catedral se sirve de una esteticidad propia de las obras de arte que en ella se encuentran, donde formas, colores, iluminación, entre otros componentes plásticos conmueven al espectador. También dicho ritual goza de una teatralidad didáctica, es decir, existe en esta ceremonia a parte de todos  los componentes anteriormente mencionados y que conforman un escenario perfecto inmerso en este espacio arquitectónico, una teatralidad en la que existe la intención de instruir al público conduciéndole a una reflexión moral, propia de la educación de la medieval, y que aún se lleva a cabo en esta ciudad con el fin de conducir al feligrés a adoptar cierta actitud  moral, la  cual es emitida en el discurso sacerdotal. De esta manera la misa católica aprovecha el arte para sus propios fines. Hemos de recordar que el teatro griego en sus inicios se derivó de rituales o cultos dionisiacos y de ditirambos, en los que se escogían lugares específicos, vestuarios y objetos simbólicos, además de impresionantes relatos míticos que congregaban a grandes cantidades de personas para observar y ser conmovidos. Para Artaud el ritual es “La cristalización más pura del regreso a las fuentes del acontecimiento teatral”[7] De la misma manera la liturgia católica de la Basílica Menor de la catedral de Mérida encuentra en cada una de las diversas artes sus medios de expresión, además que esta misma ritualidad impone al oficiante ciertas palabras, gestos e intervenciones físicas cuya buena organización es la prueba de una “representación” lograda.

Basílica Menor. Púlpito y altar mayorEntonces se puede hablar de una estética en la liturgia religiosa de esta catedral, que no se encuentra apegada a cuestiones teológicas, sino a un encuentro con la obra de arte en torno a la cual se realizan una serie de celebraciones religiosas, y aunque como práctica mística no se puede considerar en sí misma estética, su esteticidad radica en todas las obras de arte en que ella se apoya. “(…) gracias a la consagración que confiere a la obra de arte…gracias a la fuerza milagrosa que le atribuye el creyente, la adoración que le brinda y la leyenda que teje alrededor de ella, la obra se vuelve encarnación de lo divino.”[8] Divinidad que tiene que ver con esa belleza intrínseca de la propia obra de arte.

La liturgia que se lleva a cabo en la Basílica Menor, encuentra en el arte el símbolo que comunica lo visible con lo invisible como lo afirma el concilio de Constantinopla, “Lo que la Biblia nos dice mediante la palabra, el icono lo anuncia mediante el color y nos lo hace presente”[9] De esta manera la religión se conjuga con el arte en la liturgia católica, convirtiéndose en el reflejo de una vivencia religiosa que se apoya en la estética que emana el arte, es decir, que la devoción religiosa es intensificada por la emoción artística o estética.

Los fieles que asisten ala misa creen haber asistido a un acto homogéneo cuando lo que ha ocurrido es que han sido atraídos al templo mediante una cierta arquitectura y que han sido mantenidos en ella mediante determinado sentido teatral/ceremonial del sacerdote y mediante una música dirigida a estimular sus proclividades místicas, esto es, que han sido dirigidos hacia la mística por un camino estético[10]


[1] Wright, Eduard A. Para comprender el teatro actual. Fondo de cultura económica. México. 1962. Pp31.

[2] Westheim, Paul. Arte, religión y sociedad. Fondo de Cultura Económica. México. 1987. pp. 61.

[3] Ibíd. Pp. 40.

[4] Campos, Juan I. Historia del arte. Editorial Espasa. España. 1999. pp. 474.

[5] Pérez de A, José L. Los grandes temas de la música. Ediciones Arrieta. España. 1984. pp. 2

[6] Pavis, Patrice. Diccionario del teatro. Ediciones Paidós. Barcelona. 1983. pp. 536

[7] Ibíd. Pp. 431.

[8] Ob.cit. Westheim, Paul. Pp.52

[9] Ibíd. pp.58-59

[10] Sosa, Freddy. Consideraciones acerca del origen de la magia y la religión. Disponible en: http://serbal.pntic.mec.es/AParteRei/ .

Referencias

Campos, Juan I. Historia del arte. Editorial Espasa. España. 1999

Canto Rubio, Juan. La iglesia y el arte. Encuentro Ediciones. Madrid. 1987.

Pavis, Patrice. Diccionario del teatro. Ediciones Paidós. Barcelona. 1983.

Pérez de A, José L. Los grandes temas de la música. Ediciones Arrieta. España. 1984.

Read, Herbert. Arte y sociedad. Ediciones Península. Barcelona. 1973.

Reáu, Louis. Iconografía del arte cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona. 2000.

Sosa, Freddy. Consideraciones acerca del origen de la magia y la religión. Disponible en: http://serbal.pntic.mec.es/AParteRei/

Westheim, Paul. Arte, religión y sociedad. Fondo de Cultura Económica. México. 1987

Wright, Eduard A. Para comprender el teatro actual. Fondo de cultura económica. México. 1962.


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